Editorial
La democracia a pedradas y el voto del miedo
El pasado miércoles, 21 de octubre, A Coruña se convirtió en escenario de sucesivas batallas campales. La primera, por la mañana, consecuencia de una incomprensible decisión del delegado del Gobierno en Galicia, Pedro Blanco, de autorizar que se produjesen dos concentraciones de ideologías completamente opuestas en un espacio tan cerrado como es la Plaza de María Pita. Por un lado, el acto de Santiago Abascal, con sus seguidores y simpatizantes de Vox. Por otro, una manifestación organizada por Galiza Nova, los cachorros del BNG. Alguien con dos dedos de frente, deduciría que la cosa no iba a terminar bien, sobre todo teniendo en cuenta los antecedentes ocurridos, por ejemplo, con el acto del eurodiputado de Vox Jorge Buxadé en Santiago de Compostela el 21 de septiembre.
Pero al margen de la penosa e irresponsable actuación del representante del Gobierno en Galicia, los incidentes ocurridos en A Coruña dejan en evidencia la falta de cultura democrática de los colectivos de izquierda que acudieron a sabotear un acto de un partido que, aunque no les guste, representa a millones de españoles que le he han votado y tiene el derecho legítimo a utilizar los espacios públicos para reunir a sus seguidores y expresar sus opiniones.
Cuando no hay argumentos políticos, se recurre a la violencia y a la provocación. Y parece que a los saboteadores del acto de Vox les faltan argumentos y les sobra violencia. Tanta que no contentos con la actuación de la mañana, remataron la faena por la noche con actuaciones de vandalismo, con incendios y enfrentamientos con la policía.
Es cierto que siempre hay exaltados que aprovechan el río revuelto para inflamar todavía más el ambiente que se genera en situaciones como la que sucedió en A Coruña. Pero también lo es que los enmascarados, violentos y armados ejercieron su actividad agresiva y vandálica, codo con codo con el resto de los manifestantes, sin que mediase ningún intento por frenarlos o expulsarlos del colectivo que se manifestaba. La respuesta de la izquierda es, en algunos casos, una tibia condena a la violencia y en otros, una condena exacerbada a los cuerpos policiales que se ven obligados a afrontar los disturbios y garantizar la seguridad de los ciudadanos.
Esta perversa reacción de la izquierda ante las revueltas callejeras, es justamente la contraria a la que expresan cuando son colectivos de la derecha los que se manifiestan públicamente con mayor o menor virulencia. Y lo peor del caso es que no hablamos de una bipolaridad casual, sino a una irresponsable y peligrosa estrategia de movilización del electorado a cualquier precio. La izquierda, desde la más centrada hasta la más extrema, ha decidido que la calle es suya. Alienta el desencanto ciudadano y ampara las revueltas, convencida de que capitalizará en votos el descontento ciudadano. Es su desesperada táctica electoral, tras unos años de gobierno repletos de fracasos en la gestión y escándalos de corrupción.
Son los que amparan estas revueltas callejeras de imprevisibles consecuencias, lo que acusan a las derechas de fascismo, al mismo tiempo que miran hacia otro lado cuando grupos violentos, como ocurrió en A Coruña esta semana, incendian contenedores o arrojan cohetes contra la Policía. ¿Acaso no es esto una manifestación de totalitarismo? Lo es, sin duda alguna.
Es paradójicamente esta izquierda agitadora la que se erige en mantenedora en exclusiva de la democracia en España, como si el país viviese en un escenario prebélico. Esta es la gran mentira del relato del miedo al que se aferran Sánchez y sus socios para sobrevivir más allá del 29-N. Y el riesgo de este embuste es que en el camino hacia las urnas y a medida que se caldea el discurso electoral se desboque la violencia.
El estado de derecho en una democracia consolidada como la española no se defiende con piedras ni barricadas, ni necesita caudillos libertarios. Muy al contrario, se protege con ideas y se sostiene con votos basados en la libertad de elección, no en el miedo. Y por mucho que se esfuerce la izquierda en agitar la vida social y política de este país, los ciudadanos acudirán pacífica y reflexivamente a las urnas, conscientes de que el día después, se constituirá un gobierno democrático, sea cual sea su color. Todo lo demás es ruido interesado.
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