José Teo Andrés
Puerto nodal
Casi superado el año de Franco, llega algo que celebrar: los 40 de la entrada de España en la Unión Europea, entonces Comunidad Económica, antes mercado común. El ingreso en la organización comunitaria era un objetivo principal de la mayoría de fuerzas políticas y sociales desde los años setenta conseguido, no sin sacrificios, en 1985 y que se hizo efectivo en 1986, al mismo tiempo que Portugal. La entrada en la UE supuso la implantación del IVA y conllevó la reconversión industrial, con el cierre de empresas que habían sido claves en el pasado, y desguaces masivos en la flota pesquera. A cambio, fondos comunitarios que han permitido darle una vuelta al país y construir autopistas, autovías y trenes de alta velocidad, con el sacrificio añadido para ser socios fundadores del euro, una moneda de peso internacional. ¿Había alternativa? No había otra opción realista y el balance final ha sido muy positivo, incluso con las distorsiones por la ampliación de la organización europea hacia el Este, todavía sin digerir. Es lástima que 40 años después, más que lo que duró la dictadura de Franco, haya crecido el euroescepticismo, aunque es cierto que la UE parece despistada en sus objetivos y corroída de exceso de burocracia, con decisiones incomprensibles en materias como pesca y justicia. Y fracasos como la Constitución europea, aprobada en referéndum en España, rechazada en Francia y Holanda.
Y con todo, oponerse a la UE, garante de libertades, no solo es un mal asunto bastante absurdo, sino también un mal negocio. Ese mismo camino ha llevado a Gran Bretaña a pegarse un tiro en su pie del que todavía no se ha recuperado, con consecuencias económicas, sociales y políticas negativas. El populismo se ha hecho euroescéptico, lo que confirma que no solo es tóxico, sino también peligroso.
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