Cuando conocí a Davidoff, el de los puros

Publicado: 30 abr 2022 - 03:09

Estos días pasados en que uno estuvo bastante recluido, por prudencia, a causa de la Covid, como tantos otros que guardamos papeles, aproveché para repasar archivos, carpetas y ficheros de mi larga estadía como profesional del periodismo. Y me he encontrado con uno de los más curiosos personajes que haya conocido y entrevistado, nada menos que Zino Davidoff, el de los puros, quien presumía de haber convencido al mismísimo Fidel Castro de que “El lujo es necesario”.

Conservo como como oro en paño la cinta de la entrevista que le hice en una lujosa suite del Hotel Ritz, en Madrid. Era como un personaje de novela de Aghata Christie. Inteligente, brillante, pero sencillo y acogedor al mismo tiempo. Cuando le conocí tenía 87 año. Fumaba doce cigarrillos al día y un par de pipas, además de un par de puros, para dar ejemplo y como imagen de su propio negocio. Era el mes de marzo de 1993, su última visita a España. Lo acompañaba entonces su socio y amigo Ernst Schneider, director general del grupo de empresas.

Me lo presentó Daniel Hortas, jefe de información de Tabacalera. El famoso tabaquero era ucraniano, lo que da especial relieve a su historia estos días. Había nacido en Kiev el 11 de marzo de 1906, pero pronto la familia emigro a Suiza, donde su padre abrió un pequeño negocio de venta del trabajo en el Boulevard des Philosphes. Años después, de haberlo querido, el pequeño Zino tendría dinero para comprar calle entera. Uno de los primeros y más habituales clientes del tendero Davidoff se llamaba Vladimir Illich Ulianov, al que la historia conocer por “Lenin''.

De su padre, Zino aprende el arte de combinar diferentes ligas de tabaco para lograr diversos sabores. En 1924 el joven Zino se va a hacer las Américas. Y las encuentra. Aprendió todo lo necesario para el cultivo de tabaco. Su nombre, su marca, no tarda en convertirse en una leyenda. Su negocio se extiende por tierras calientes para desembarcar finalmente en Cuba. Cinco años después vuelve a Suiza y mejora el viejo negocio familiar. Triunfador como tabaquero, a mediados de los sesenta se mete en los negocios de los mejores vinos de Francia.

Para el tabaco inventa un reclamo muy inteligente: “Fume menos, pero mejor”. Cuando Castro se incauta de todas las empresas tabaqueras de la isla comete el error de unificar todas las marcas en una. Es el propio Zino, aunque expropiado, quien le enseña que el fumador de puros es caprichoso, en cuanto a calidad, aroma y textura de los puros, por lo que se deben recuperar las marcas de toda la vida, con gradación de calidades. O sea, “Que el lujo es necesario”. Por ello hace de su marca un signo de distinción. Yo escuchaba embobado aquel relato, mientras Davidoff tiraba de uno de sus famosos vegueros. “Castro tuvo que aprender que las marcas diversas son las divisas del negocio, pues cada fumador es fiel a una marca concreta.” Se reía mucho cuando comentaba que el mismo Lenin fuera cliente de la tienda de su padre, aunque uno de los seguidores de su doctrina, le expropió sus negocios en Cuba. Pero a Castro le salió el puro por la culata, porque Davidoff abrió centros tabaqueros en otros países de la zona y fabrico puros tan buenos o mejores que los de Cuba.

Aquel día aprendí que el secreto de los puros está en el adecuado almacenamiento y conservación y el envejecimiento. La filosofía del fumador se corresponde con algunas premisas: “El fumador de puros debe ser cortés. Debe disfrutar sin molestar. En cada momento y lugar se debe escoger el tabaco adecuado. Y si no se puede fumar sin prisas es mejor desistir”.

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