José Teo Andrés
Puerto nodal
Hoy Europa se desangra a borbotones como consecuencia del abandono de sus señas de identidad: Atenas, Roma y Jerusalén, rendida a un mundo plano, dominado por lo políticamente correcto, sin reflejos y sin capacidad de reacción ante los desafíos de la civilización que se está alumbrando.
En efecto, el viejo continente, que antaño se revelaba frente a la ausencia de libertades y frente a cualquier manifestación de arbitrariedad, aquel que siempre tuvo como seña de identidad la repugnancia, hoy camina lamentablemente hacia su desaparición. Sobre todo, porque las minorías dirigentes, probablemente a causa de la fuerza y la potencia del consumismo insolidario inoculada desde las terminales de la nueva estructura montada a partir de la alianza entre partidos políticos-multinacionales y medios de comunicación, han renunciado a las raíces, a los fundamentos de la identidad europea. Me refiero, claro está al pensamiento griego, al derecho romano y a la solidaridad judeo-cristiana.
Pues bien, en este contexto de profunda decadencia moral que asola Europa, animado y estimulado por la profunda crisis financiera, pienso que el derecho a la resistencia de los pueblos que lo conforman, es una garantía real para que el viejo continente recupere los valores que lo convirtieron en su día en el paladín de los derechos y libertades. Por eso la reflexión sobre el derecho a la resistencia, olvidada por décadas en Europa, tiene hoy para nosotros los europeos una especial actualidad.
La matriz cultural y política que conocemos como Estado de Derecho conforma y constituye una poderosa luz que ayuda sobremanera a comprender el alcance del sistema normativo. Vaya por delante que Estado de Derecho y democracia son dos caras de la misma moneda y que cuando tratamos de proyectar el sentido del Estado de Derecho no podemos olvidar, de ninguna manera, que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y por, sobre todo, la soberanía del pueblo y la dignidad del ser humano han de estar siempre presentes.
Efectivamente, el Estado de Derecho parte de un aserto fundamental: el ser humano, por el carácter absoluto que tiene su dignidad, porque es un fin y no un medio como gustaba decir a Kant, se yergue y se alza omnipotente ante cualquier intento del poder absoluto de imponer la arbitrariedad o la injusticia. Si así no fuera, el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona sería una quimera, un sueño o, por mejor decir, un instrumento susceptible de uso alternativo por el poder en cualquier momento.
Por eso, aunque los estragos son extensos e intensos, hoy el gran desafío que tenemos en el viejo continente es recuperar ese adn que lo hizo grande y digno de imitación por todo el mundo: el compromiso real con los derechos humanos, con la justicia, con el pesamiento y, sobre todo, con la solidaridad.
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