José Teo Andrés
Cíes, isla de récords
Por fortuna, el problema flotante del MV Hondius parece en vías de solución. Cada mochuelo a su olivo y bajo estrictos controles sanitarios, procedimiento que debe acotar los riesgos de contagio del hantavirus de los Andes. En la memoria queda una tardía respuesta de la armadora neerlandesa del buque, un vuelo con una treintena de pasajeros desde la remota isla de Santa Elena, de soberanía británica, a Johannesburgo y una escala inútil en Cabo Verde antes de recalar en el puerto tinerfeño de Granadilla de Abona. Entremedias, tres fallecidos y varios casos sintomáticos o medio sintomáticos, a juicio de cada administración sanitaria. Un proceso lento, imagino que exasperante para los pasajeros y la tripulación del crucero antártico, que han tenido tiempo para empaparse de las monotonías oceánicas y de cómo las distintas instancias implicadas se pasaban los destinos del Hondius como si de una patata caliente se tratara, o un espinoso erizo marino.
Entre todas las infamias de este caso, ha destacado con voz y luz propia el presidente canario, Fernando Clavijo. Desde que se empezó a barajar la alternativa del archipiélago como vía capaz de dar solución técnica y en su caso médica a los ocupantes del barco, Clavijo ha intentado todas las estratagemas propias de quien desea escurrir el bulto. Apeló al victimismo de quien primero no fue informado y después no atendido, a la prohibición de atracar el barco a puerto y, en última instancia, a que los supuestos ratones polizontes en el Hondius nadaran hasta la costa de Tenerife desde su fondeadero. La política, por desgracia, y no solo la española, está llena de estos Clavijos, celosos guardianes de sus comunidades, de sus particularismos. Permanecen ciegos y sordos, que no mudos, ante cualquier consideración de índole superior, una razón humanitaria, como era del caso; una recomendación avalada por el Gobierno de España, el mecanismo europeo de protección civil y la Organización Mundial de la Salud (OMS). Nada les sirve ni es suficiente para dejar francos los puentes levadizos, siempre expeditos cuando de atraer ayudas y servicios para las ínsulas respectivas se trata.
Lejos de defender cualquier retorno al viejo centralismo, es bien cierto que el enconamiento de la política nacional se sirve del diferente color político del poder central y el de las distintas comunidades autónomas, para exacerbar dignidades ultrajadas e invocar duelos competenciales, sea por la financiación, el estatuto médico o, como ahora, las emergencias sanitarias. Todo el mundo esgrime hoy sus derechos de paso, de portazgo y pontazgo, apelando para hacerlos valer, no solo a la política sino a la justicia: el fuero y el huevo. El presidente Clavijo desacredita el tradicional acogimiento isleño y encoge su propia estatura política. Ha preferido clavar el clavito.
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