José Teo Andrés
La Clásica se doctora
Sobre el Réquiem de Mozart hay tanto publicado que resulta difícil separar el mito de la realidad en una obra incompleta y pese a ello considerada por muchos, donde me incluyo, el Everest de la música, con sus partes barrocas ("Kyrie"), clásicas ("Rex") e incluso pre románticas. Hay tres hechos ciertos. El primero, que fue encargado por una persona que se presentó en Viena con el rostro oculto y le prometió al compositor una paga muy elevada si terminaba con rapidez una misa de difuntos. Al parecer, y eso se supo mucho después, era un criado de un noble que quería hacerse con la pieza y presentarla como si fuera suya. El segundo, que Mozart no quiso terminar el Réquiem porque llegó a la conclusión de que era una misa para su propia muerte. Y la tercera, que tenía razón porque falleció mientras dictaba la “Lacrimosa”, quizá la parte más emotiva y famosa, donde el mejor músico de la historia decía adiós al mundo con solo 35 años y muchas deudas. El resto es leyenda.
El Réquiem, por todo ello y sobre todo por su enorme valor, no es cualquier cosa y la Orquesta Clásica de Vigo se doctoró este sábado en un teatro García Barbón lleno, acompañada del coro de Oporto Ensemble Vocal Pro Musica, integrado por casi un centenar de voces. Fue un Réquiem solemne y enérgico, más rápido de tempo de lo habitual, de apenas 50 minutos. Al finalizar, como curioso bis, orquesta y coros repitieron la “Lacrimosa” con su Amén final en re mayor -el resto es en en re menor- terrible y esperanzador que Mozart apuntó, pero no pudo oír. Vigo tiene una gran orquesta sinfónica ya con cerca de medio siglo detrás.
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