Manuel Orío
La causa que no es tal
El almeriense Alex Baena, que abandonó su pueblo de Roquetas y a toda su familia para marcharse solo a Villareal e incorporarse a las divisiones inferiores del club, es uno de esos personajes que no engañan, y uno percibe sin conocerlo siquiera que tiene algo intenso y profundo en los adentros. Alejandro tenía diez años recién cumplidos y todos los días llamaba por teléfono a casa llorando a moco tendido pidiéndole a su madre que lo dejara regresar. Tuvo que pasarlo muy mal y sufrir mucho aquel niño en una residencia a 500 kilómetros de casa, un trance complejo y exigente que estoy seguro le ha afirmaddo el carácter. El lunes apenas miró a la cara a Pedro Sánchez cuando, a regañadientes, tuvo que darle la mano en la ceremonia oficial tras una noche de pasión, diversión, amor y locura en la que, en presencia de más de un millón de personas volcadas en las calles de Madrid entregadas a su selección olvidando colores, pasiones y viejas cuentas ligueras como debe ser, los campeones del Mundo dieron vivas a la madre que los parió, al Rey y a España, vivas que suscribo en toda su honda significación. Hace mucho tiempo que a Sánchez le ha abandonado su desodorante y ya no es bienvenido en según qué partes y eso que el solomillo de este calvario cuyo inicio conocemos pero del que desconocemos su final, no ha hecho más que echar a andar.
La vergonzosa actitud de la selección argentina en el campo –Messi acusando a su ex compañero Cucurella para que fuera expulsado da grima y sus tanganas repugnan- solo puede compararse con el ataque de los nacionalistas radicales a gente que veía el partido en un bar del País Vasco. Pero ese gesto irracional está empezando a caerse por su propio peso porque la inmensa mayoría de los españoles no somos así, incluyendo la ejemplaridad de nuestros héroes vestidos de rojo que han ganado el Mundial.
Por eso, no es verdad que el independentismo sea una causa trascendente, no es verdad su influencia, y no es verdad que tenga que ser asumida por decreto. Un honesto y modélico valenciano como Ferrán lo dijo claro. “Este gol no lo he marcado yo sino cuarenta y siete millones de personas” y se quedó corto. Lo marcó todo un país incomparable.
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