Carrillo era un diputado del montón. El único que no se escondió

Publicado: 24 feb 2026 - 01:00
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Cuarenta y cinco años después cada uno retiene su instante preferido del 23-F. El mío es la estampa de Santiago Carrillo (1915-2012), impasible el ademán, cuando aquella banda reclutada por Antonio Tejero disparaba frenéticamente sobre el artesonado del Congreso mientras sus señorías se guarecían bajo los escaños. No todos.

El presidente y el vicepresidente del Gobierno, Adolfo Suárez y Gutiérrez Mellado, tampoco se arredraron. Dieron la cara y también fueron inmortalizados en la anatomía literaria del instante preferido por Javier Cercas. Pero ambos estaban obligados debido al cargo que ostentaban como máximos representantes del Poder Ejecutivo en aquella aciaga sesión plenaria del Congreso (momento investidura del candidato a presidente del Gobierno, Calvo Sotelo).

Carrillo era un diputado del montón. El único que no se escondió. La única cabeza erguida durante el asalto de los golpistas. Y es muy poco referirse a él, cuarenta y cinco años después, con el consabido "figura clave de la transición". Fue algo más. Y eso se desprende del instante, bien reflejado en la reciente transposición cinematográfica del libro de Cercas, que recoge su aceptación de la Monarquía, la bandera del Estado y la unidad de España, como paso previo a la legalización del Partido Comunista de España el 9 de abril de 1977.

Ese momento fundacional de la Constitución de 1978 (empezaría a gestarse en las elecciones "constituyentes", dos meses después de la legalización del PCE) es la clave de bóveda del anudamiento de la España de Franco con la España del destierro reñidas desde 1939. En perspectiva estrictamente política, aquella la de Suárez y ésta la de Carrillo.

Nada hubiera sido igual sin aquella apuesta por la reconciliación, en línea con la declaración aprobada por el comité central del PCE en junio de 1956: "Por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español". Ese espíritu acabó inspirando la acción de sus militantes en las capas sociales donde tenían mayor penetración (trabajadores, intelectuales, estudiantes, etc.).

Si traigo a colación la figura de Santiago Carrillo en esos términos es por situarlo como referente ejemplar en los tormentosos debates políticos y mediáticos donde cierta izquierda (republicana, plurinacional, feminista, verde y antitaurina) aparece motivada por un absurdo revisionismo de la obra de la transición que ha alumbrado el periodo de estabilidad, paz y progreso más largo de la historia de España.

No hubiera sido posible si el partido con más musculo político del exilio, que era el PCE y no el PSOE, se hubiera encastillado en las posiciones guerracivilistas que ahora, noventa años después, agitan ciertos sectores de la izquierda. Insensatos.

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