Blanco y Calvo Sotelo

Publicado: 15 jul 2026 - 01:00
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Hoy, una parte de la juventud desconoce quiénes fueron porque la historia reciente se ha vuelto un territorio difuso, con poca pedagogía y mucho ruido. Y la felicidad de un país no se mide solo en bienestar, sino en su capacidad para mirar al pasado.

Los aniversarios llegan para comprobar qué sabemos y qué estamos dispuestos a entender. Este julio coincide el recuerdo de Miguel Ángel Blanco, asesinado por ETA en 1997, y de José Calvo Sotelo, asesinado en 1936 por una milicia socialista. Dos crímenes unidos contra la democracia.

Miguel Ángel Blanco tenía 29 años. Su secuestro y asesinato rompió vidas y silencios. Durante 48 horas, España entera salió a la calle con las manos blancas, como si la ciudadanía hubiera decidido que ya no aceptaría más miedo. Fue un acto de dignidad colectiva que muchos jóvenes no vivieron y que hoy apenas se explica. No fue solo un crimen. Fue un espejo. Un país que llevaba años anestesiado por el terror descubrió que la unidad es una forma de valentía. José Calvo Sotelo fue asesinado en 1936 por militantes del PSOE. Su muerte aceleró el golpe militar y precipitó la Guerra Civil. No es un episodio cómodo, pero es un episodio decisivo al mostrar como la política, cuando se convierte en odio, deja de ser política y se convierte en pólvora. La juventud conoce la Guerra Civil como concepto, pero no siempre sus causas concretas. Y sin causas, la historia se vuelve un decorado.

La memoria no es un museo. Es una herramienta de salud pública. Recordar a Blanco y a Calvo Sotelo no es un ejercicio de nostalgia ni de revancha, es un acto de higiene democrática porque un país que olvida sus violencias está condenado a repetirlas con nuevas formas y nuevos nombres.

Ambas familias asumieron la incómoda palabra perdón. No el perdón ingenuo, ni el perdón que borra responsabilidades, ni el perdón que exige olvidar. El perdón entendido como terapia colectiva, como la capacidad de un país para no vivir atrapado en el rencor que carcome. Perdonar no es absolver. Perdonar es desactivar el veneno que la violencia deja en las generaciones posteriores. La filosofía de la felicidad lo explica como la decisión de no seguir sufriendo por lo que ya no puede cambiarse. España ha tardado décadas en comprenderlo. Pero hoy, cuando la polarización vuelve a crecer y los discursos se radicalizan con una facilidad inquietante, el perdón verdadero se convierte en herramienta de supervivencia democrática.

No podemos exigir a los jóvenes que recuerden lo que nadie les ha contado. La Educación apenas roza estos episodios, la política los usa como munición y la sociedad los guarda en cajones que solo se abren en aniversarios. La memoria necesita pedagogía, no propaganda. Necesita relatos, no consignas.

Blanco y Calvo Sotelo representan dos momentos en los que España estuvo a punto de romperse. Recordarlos es reivindicar que la democracia es frágil, que la violencia política siempre tiene nombres, familias, funerales y que la felicidad colectiva, esa que tanto cuesta construir, depende de una memoria que no sea rencor, pero tampoco amnesia.

Evocar a Miguel Ángel Blanco y a José Calvo Sotelo es un acto de madurez democrática. Perdonar, sin olvidar, es un acto de salud emocional y enseñar estas historias a quienes no las vivieron es un acto de responsabilidad. Porque un país que sabe perdonar es un país que sabe avanzar. Y un país que sabe recordar es un país que sabe protegerse.

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