Manuel Orío
El auto de la discordia
Beiramar fue durante muchos años, décadas, el gran polígono empresarial marítimo de Vigo, fuente de una enorme riqueza gracias a la instalación de compañías del tamaño de Casa MAR, en su día más importante que Pescanova, otra firma que también contaba con presencia en la zona con un frigorífico cuya estructura resulta hoy todavía visible, y marcas como Albo, Frigoríficos de Vigo o Pesca Puerta. Todas han desaparecido o se disponen a hacerlo y hoy por hoy Jacinto Benavente en una sucesión de ruinas, algunas okupadas, a la espera de demolición. Podría y debería no haber sido así, pero con el nuevo Plan General ya no hay vuelta atrás: ante la expectativa de recalificación del suelo, de industrial a residencial, todas las empresas se mudaron a otros municipios vecinos, la última Albo, con su nueva conservera en el Puerto Seco en Salvaterra, adonde trasladó su producción y empleo, dejando vacía su histórica fábrica.
Lo viejo todavía no ha desaparecido del todo y aun quedan restos de lo que fue -queda actividad en el lado de la calle de titularidad portuaria- pero tampoco ha llegado todavía lo nuevo, un barrio de alto nivel en la segunda línea del mar, quizá en el futuro en la primera si Vigo se empeña en liquidar su potencia industrial, camino inequívoco hacia el desastre, que en su momento transitó A Coruña.
Beiramar se concibe en el Plan General 2025 como una zona residencial privilegiada con varios edificios en bloques cerrados que ocuparán el espacio que dejarán las naves una vez demolidas, lo que sucederá con seguridad en los próximos años. Dos ya son historia: Casa Mar, donde hoy se levanta el Auditorio, y Cordelerías Mar, en cuyo espacio se construyó un llamativo bloque de viviendas que se ha convertido en la punta de lanza de lo que está por venir. De la riqueza a la ruina y de ahí a lo residencial.
Contenido patrocinado
También te puede interesar