José Teo Andrés
Vigo estrena barrio
En la historia reciente de este país ser carterista era ser un delincuente especializado, no precisamente de "cuello blanco", pero sí con ciertos rasgos caballerescos, si se me permite el desiderátum onomatopéyico (no sé bien lo que he dicho), pues aparte de no causar daño físico procuraban no aumentar el perjuicio, devolviendo la documentación y las fotos familiares, que solían echar al buzón.
Había una escuela de carteristas. El descuidero viejo enseñaba al joven y no solo la teoría sino la práctica de las diferentes habilidades manuales y psicológicas con sus distintos estilos: desde picar con "el dos" utilizando los "bastes" índice y corazón a modo de pinza, hasta el chinar (cortando el fondo bolsillo con una sílex). Así como dominar el caló (su dialecto críptico), el uso de la muleta y a correr el burro.
El elemento fundamental consiste en distraer al julay, para birlarle el "cuero" sin que sea consciente del hurto. Para ello, el método clásico era el empleo de la "muleta" con la que trataban de ocultar su maniobra y que variaba según el lugar de "trabajo". En el metro o el autobús el medio solía ser un periódico que bien llevaban enrollado al brazo, aprovechando las salida y subidas al transporte, haciendo honor a su nombre; o fingiendo leerlo de pié, apoyándolo sobre el pecho o la espalda de la víctima y aprovechando el movimiento del vehículo para justificar empujones o tropiezos que facilitasen la sustracción.
Estos manguis solían actuar en pareja. Generalmente, el "tronco" era otro maromo, al que el actuante pasaba la cartera para que en caso de sospecha, no la encontraran en su poder. Lo que se conocía como "correr el burro". En otras ocasiones era "la- ja", que utilizaba su tetamen para entretener al lila.
La generalización del plástico" (tarjetas), de una parte y la degeneración hacia "el tirón" a la ancianita, que no precisaba "estudios, contribuyó a que la profesión casi desapareciera; y ya últimamente la gente atribuía la desaparición de la "saña" a su pérdida y esa era la consideración oficial. Pero llegaron los del Este y volvió a ponerse de moda.
En la Torre Eiffel, los trabajadores, cansados de tanta agresión y amenazas de estas bandas cuando tratan de proteger a los "guiris", se han puesto en huelga, consiguiendo el cierre temporal de las instalaciones. Ni tan siquiera Hitler, cuando tomó París, se atrevió mancillarla, sino que, fascinado, se limitó a hacerse una foto al pié de la misma, y tal vez ante su majestuosidad, por primera vez, se sintiera empequeñecer. ¡"Oh, monsieur, c`est l´amour"!
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