José Teo Andrés
Puerto nodal
En el libro de la francesa Lucien Debray, comercialmente presentado como memorias de Juan Carlos I, se aprecia el enorme vacío de dos personajes esenciales en la vida del rey honorífico. Ambas coinciden, con el margen del tiempo entre ambas, el biografiado abandonó sus deberes para gozar de su compañía, aunque sólo en un caso pediría lastimeramente perdón a los españoles por no estar donde debía ejerciendo el cargo por el que cobraba su sueldo. Era el año 1992 se reunía con su amante malloquina Marta Gayá, tanto en Mallorca, en Gstaad (Suiza) o en París. El escándalo surgió a propósito del relevo del entonces ministro de Justicia, Francisco Fernández Ordoñez, que padecía un cáncer en fase terminal y que estaba pendiente de ser relevado por el presidente del Gobierno, entonces Felipe González. En una rueda de prensa, la portavoz del Gobierno Rosa Conde, al final contestó a los requerimientos que no se podía sancionar el nuevo nombramiento porque le Rey se encontraba fuera de España.
La Casa Real, atrapada, mintió con descaro, asegurando que el Rey estaba en Suiza, sometido a un tratamiento. Pero estaba disfrutando con su amante. Por primera vez la prensa rompía el gran tabú desde la transición y hablar de la vida privada del Rey. El 20 de junio, Juan Carlos regresó a toda prisa, pero no para quedarse, presionado por el jefe de su Casa Real, Sabino Fernández Campo, despachó a Felipe González antes del mediodía y comió en privado con el presidente de Sudáfrica, Fredierik De Klerk, que estaba en Madrid de visita oficial. Por la noche ya estaba de nuevo en Suiza. Dejó plantada a doña Sofía, entre lloros, en la celebración familiar del último aniversario de don Juan Carlos, que cumplía 69 años, y que se celebró en el Club Financiero de la calle Génova de Madrid. La Reina, al día siguiente, sustituyó al monarca en la apertura de la Cumbre Iberoamericana. La desaparición del rey desde el 15 al 23 de junio era evidente.
De las diversas amantes de Juan Carlos I ninguna tan destacada como la mallorquina Marta Gayá, que según sus propias manifestaciones lo hizo “inmensamente feliz”. Aunque en el semanario Época Jaime Capmany la llamó “una gaya dama de lance”, fue sin duda la más leal de sus amigas, si bien su romance, al ser descubierto y provocar las ausencias del Rey abrió la vedad a uno de los aspectos más frívolos de su historia. Esa amistad ha perdurado. El propio Sabino Fernández Campo, secretario de la Casa Real pidió al director de Época y otros medios que dejaran de hurgar en el asunto, porque la reina Sofía no paraba de llorar.
Corinna merece capítulo aparte, ya que llegó a ser instalada, a cuenta de los contribuyentes españoles a escasa distancia de la morada del rey, y que contaba con escolta de la guardia civil y coche de servicio del Estado. Para referirse en clave a la amante y a Juan Carlos, la guardia civil que la protegía usaba los hipocorísticos de “Ingrid” y “El Rubio” en sus comunicaciones. Corinna conoció a Juan Carlos en 2004 durante una cacería en la finca del duque de Westminster. Se hicieron de inmediato amigos en el sentido más amplio de la palabra, que derivaron, según ella misma, en “gestiones delicadas y confidenciales” para el gobierno español. Se le montó vivienda con su hijo, en un antiguo pabellón de caza, cerca de la Zarzuela, llamado la Angorilla tras una costosa rehabilitación y que, entre otras misiones, según la Casa Real, serviría para ocasional residencia de invitados extranjeros. Juan Carlos la tenía cerca, el propio exjefe del CESID, luego CNI, el general Sanz Roldán, diría, en su comparecencia en la comisión de secretos oficiales en el Congreso, el rey iba a dicho pabellón “a dormir la siesta”, cuando Corinna residía en el mismo. El 13 de abril de 2012, Juan Carlos sufriría un grave accidente cuando se encontraba en Botsuana cazando elefantes junto a Corinna, su hijo Alexander y el multimillonario sirio Mohamed Eyad Kayali, entre otros invitados. El rey tenía entonces tenía 74 años, escándalo de tal envergadura que sería, sin duda, el comienzo del fin de su reinado y a la postre del mismo romance. Corinna supo guardar pruebas y elementos comprometedores que el rey le entregara hasta convertirse, según el director del CNI, Félix Sanz Roldán, en una molesta protagonista.
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