La apariencia majadera

Publicado: 20 jun 2026 - 04:00
Opinión.
Opinión. | Atlántico

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero salía del coche que lo llevaba hasta los Juzgados abrochándose el botón de la americana, alzó la mirada y levantó la mano en posición de saludo como cuando era presidente del Gobierno, gesto que puede sugerir que el interfecto es aún más irresponsable de lo que a primera vista parece. Esa jocosa subida de mano para saludar al respetable que esperaba su llegada, recibió una espontánea réplica popular. Una voz que brotaba de las entrañas de los allí presentes gritó a voz en cuello, “¡ladrón!”, y cuando Zapatero adoptaba en cuestión de segundos su conocido gesto literalmente calcado del personaje creado por el humorista británico Rowan Atkinson, volvió a escucharse otra voz que aullaba “¡chorizo!”, por lo que, adoptando una también largamente aplicada advocación de perfecto mentecato, volvió grupas y, protegido por escoltas de mirada penetrante, gesto crudo, mano en el costado y pinganillo en la oreja, ganó la entrada y desapareció en el interior del edificio de la Plaza de Castilla en el que le esperaba con rostro pétreo el juez Calama.

Quizá no estaría de más preguntarse quién paga esa escolta de cuatro guardaespaldas que lo protegían del pueblo llano como si existiera riesgo de que fuera tundido a zapatillazos por las comadres que tejen mientras cae la cuchilla de la Plaza de la Concordia, pero esa pregunta que brota por si misma de las gargantas políticamente incorrectas no va a ser contestada. Un presidente del Gobierno al que no se le ocurre otra cosa que afirmar que todos los presidentes reciben regalos para liberar a Zapatero de su severa condición de mangante, no va a contar de donde salen los fondos para pagarle a Zapatero su seguridad personal, pero no cabe duda que son palabras que dan que pensar. Son sentencias que disculpan hábitos impresentables y que abren la puerta a suponer que Pedro Sánchez lleva desde que llegó a la Moncloa haciendo lo mismo. De todos modos, conviene recordar que no es lo mismos que te regalen una caja de vinos de mesa que joyas por valor de dos millones de euros. Eso, tirando por lo bajo y suponiendo que no aparezcan más. Otra cosa es saber de verdad de dónde proceden. Porque tampoco eso se ha aclarado. Ya lo aclarará el juez Calama.

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