Fermín Bocos
La tragedia del tren
La palabra “epifanía” significa “manifestación”. En la tradición litúrgica cristiana, y así se refleja también en el arte, se vinculan tres momentos de la “manifestación” de Cristo como Hijo de Dios y Salvador del mundo: la adoración de los magos – la manifestación a los paganos -, el Bautismo de Jesús en el Jordán – la manifestación al pueblo judío -, y las bodas de Caná –la manifestación a los discípulos-. Una antífona de la solemnidad del 6 de enero lo expresa con concisión y belleza: “Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy, la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya”.
La solemnidad de la Epifanía tuvo su origen en Oriente. Mientras que en Occidente se ponía el acento en el nacimiento de Jesús en Belén, en la “Navidad”, celebrada el 25 de diciembre, en Oriente se subrayaba, más que el acontecimiento histórico, su significado teológico; es decir, la revelación de Jesús como Hijo de Dios. A finales del siglo IV se llega a una convergencia entre Oriente y Occidente: Oriente recibe la fiesta de la Navidad y Occidente incorpora la de la Epifanía. De este modo se destaca el advenimiento de Dios en el mundo.
Si nos fijamos más en detalle en las bodas de Caná, cuyo relato encontramos en el evangelio según san Juan, vemos cómo la gloria de Dios se manifiesta a través de Jesús que, mediante un “signo”, la conversión del agua en vino, aparece como el revelador del Padre y el dador de la vida eterna. La transformación del agua en vino provoca la alegría, la sobreabundancia y la fiesta, marcando de este modo el inicio del “tiempo final” comprendido como tiempo de salvación. En Jesús se ha hecho acontecimiento la salvación en sobreabundancia.
El cuadro más grande, por sus dimensiones, que custodia el Museo del Louvre, y que se exhibe en la Sala de los Estados justo enfrente de “La Gioconda”, está dedicado a “Las bodas de Caná”. Lo pintó Paolo Veronese, un maestro del Renacimiento veneciano, en 1563 para el refectorio del monasterio de San Giorgio Maggiore en Venecia y, en las campañas napoleónicas, fue llevado a París como botín de guerra. La magnificencia opulenta del banquete de bodas, la novia ricamente enjoyada, la presencia de los músicos y de los sirvientes con tinajas colmadas de vino, no ocultan el dramatismo de la escena, centrada en Jesús sentado al lado de su Madre.
Los motivos de la boda y del vino sobreabundante hacen referencia, en la tradición veterotestamentaria, al final de los tiempos y a la venida del mesías. Isaías profetiza “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados”. Pero incluso se puede encontrar un paralelo de la transformación del agua en vino en la leyenda de Dionisos, el dios del vino. El historiador Memnón de Heraclea (siglo I-II) escribe: “La fuente de la que solía beber Nicea cuando estaba agotada por la caza, Dionisos la llenó de vino en lugar de agua”. Esta transformación se consideraba una epifanía de lo divino. La fiesta de este dios se celebraba del 5 al 6 de enero. Se decía que, en Andros y en Teos, de las fuentes del templo de Dionisos manaba vino en lugar del agua habitual. En Elis, la víspera de la fiesta colocaban en el templo tres tinajas vacías y al día siguiente las encontraban llenas de vino.
Esos cultos paganos asociaban, a su modo, la alegría y la fiesta a lo divino. El signo de Caná, no obstante, no apunta al éxtasis irracional que nos hace huir por un momento de la realidad de lo cotidiano, sino a la “sobria ebriedad” cristiana, al gozo de la presencia de Dios entre nosotros que tiene lugar de modo único cuando encontramos a Cristo.
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