Aberración y mercancia

Publicado: 31 mar 2026 - 01:51
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Opinión. | Atlántico

De apostar por el mal no puede salir nada bueno, y hasta una parte de los 77 millones de electores estadounidenses que le compraron a Donald Trump esa mercancía, la del mal en todas sus formas, empiezan a notar que sus vidas y la de su país se deslizan sin freno hacia el muladar que la Historia destina a cuantos compran semejante podre.

Ahora bien; si una parte de los votantes de Trump empiezan ahora a notarlo según las encuestas, los otros 77 millones que no le votaron hace mucho tiempo que lo notan, desde los horrores de su primer mandato exactamente, y ya no pueden más y, sacudido el inicial estupor ante la peligrosa locura desencadenada por el tan ávido de dólares como ayuno de conciencia y por su alucinante corte de los milagros, se han echado a las calles de todas las ciudades del país para decirle que se meta su mercancía donde le quepa.

El tipo que inauguró su segundo mandato con el timo de una criptomoneda de su invención que arruinó a los tontos que se la compraron, que, acto seguido, retiró la subvención estatal a las universidades díscolas, esto es, a aquellas donde se cultiva el conocimiento, que frió con aranceles disparatados a todo el mundo, que se alió con Putin y traicionó a Ucrania y a Europa, que amenazó con invadir Groenlandia y Canadá, que secuestró al presidente de un país extranjero, que lanzó a las calles a sus paramilitares del ICE a cazar inmigrantes y a tirotear nacionales, que derribó un ala de la Casa Blanca para montar un salón de baile, que suministró a Netanyahu la munición necesaria para su genocidio en Gaza y que sobre los escombros de ésta, llenos de cadáveres, dijo querer construir un "resort" de lujo, que amenazó a España por la gallarda oposición de su gobierno a secundar su guerra contra Irán en la que de entrada, el primer día del ataque, su ejército asesinó a las 168 niñas de un colegio, el tipo, en fin, que en poco más de un año ha terminado de convertir el mundo en un estercolero político, económico y moral, el tipo que no se quita su horrible gorra en el sepelio de sus soldados o que, ya en el éxtasis de su avaricia, ha conseguido estampar su firma en cada billete de dólar, no se sabe bien si encarna una aberración histórica o si es la infausta culminación de la deriva histórica de su país.

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