El Celta vence en un partido loco
Celta - Alavés
El Celta remontó en una segunda mitad valiente y afortunada un mal arranque para ganar la primera jornada tras nueve años
El Celta pudo perder, pero ganó. El Celta pudo empezar mucho mejor, pero volvió a crecer dentro de un partido y ganó. El Celta arriesgó demasiado, pero salió bien. El Celta comienza la Liga ganando, y es una sensación que se echaba tanto de menos que prácticamente todo se da por bueno.
La vida es lo que tiene. Las cosas no pasan dos veces, hay que cogerlas al vuelo. Pero, por suerte, hay pocas que sean decisivas en el sentido más dramático del término. Al Celta le costó saberse en el momento adecuado, asimilar el inicio de Liga. Sin querer hacerlo, contemporizó, mientras el Alavés estuvo. Nadie está hecho a estas alturas, pero hay que salir a competir con algo de color. Con la certeza de que la comodidad, con ese contrincante delante, es imposible.
Lo bueno del Celta de Giráldez es que suele vivir cada partido como una vida, madurando con el paso de los minutos. Lo malo es la distancia que cede mientras madura. La incomodidad celeste fue obvia desde los primeros minutos, con la casi expulsión de Iago Aspas -se equivocó soltando un brazo sin balón y el vídeo arbitraje echó una mano cambiando el color de la amonestación- y con un bloque vitoriano intenso en la presión complicando la salida de balón, aprovechando que ninguno de los tres centrales elegidos -Manquillo, Starfelt y Carlos Domínguez- tiene especial facilidad con balón. El camino habitual, Óscar Mingueza, no estaba ni siquiera en el once de entrada, pero unas molestias de Ristic lo situaron finalmente en el once en la banda izquierda. No es que no vea el fútbol desde ese perfil; es que su pierna izquierda no lo dibuja con precisión.
Estaba dispuesto el Celta a madurar cuando esa cierta contemplación se volvió en su contra. Nadie incomodó a Antonio Blanco en un balón ladeado en la mitad de campo celeste y el ex del Real Madrid puso un centro de fuera a dentro hacia el desmarque de Kike García, que se escapó de la vigilancia de Carlos y cabeceó a gol. El tanto era un síntoma.
Porque la casi expulsión y el gol empezaron a pesar en un balón que los locales movían demasiado despacio, facilitando el muy valorable trabajo defensivo del Alavés tanto en campo propio como en ajeno. Apenas una carrera de 50 metros de Fran Beltrán desde campo propio hasta el borde del área rival, con disparo desviado, se salió de un guion plomizo, como el calor reinante en Balaídos.
Las áreas no formaban parte del partido. Ni Iván Villar -porque el Celta sí logró minimizar los centros laterales- ni Antonio Sivera tenían más razón para sudar que el sol y su necesaria intervención con los pies. Pero en los últimos minutos el conjunto local comenzó a crecer. No fue un estirón, fue poco a poco. Y logró enlazar una salida por banda derecha, desde el faro de Mingueza con su pase; desde el trabajo de Bamba, con su desmarque; desde la llegada de Douvikas, con su movimiento en el área; y desde la inteligencia de Aspas, con su remate. Lo malo es que el fuera de juego existió por un centímetro en el pase entre el francés y el griego.
Una vez más, el descanso le sirvió a Giráldez y al Celta para cambiar de cara. Dos cambios en la línea de tres centrales, que estaba siendo inoperante con balón, para aprovechar el pie y el atrevimiento de Jailson y de Javi Rodríguez. Y arriba, buscando menos amasar y más golpear situando a Williot Swedberg por Bamba. Y más allá de nombres, el balón adquirió velocidad y aparecieron los pases verticales de la primera a la última línea, con Douvikas trabajando de espaldas. Se sacrificaba la sensación de seguridad por la de capacidad de hacer daño. A jugar.
El ambiente se calentó, incluso con Giráldez recibiendo una tarjeta amarilla. Pudo marcar Douvikas en un desmarque; o Aspas en un centro medido de Mingueza hacia su ruptura hacia el área; o el propio Mingueza de falta directa. También Kike García, se dirá con razón. Pero el partido había cambiado. El marcador lo asumió cuando Swedberg apareció al borde del área para recoger un balón perdido de varios rechaces -ya no los ganaba todos el Alavés, como en la primera parte- y se dispuso verticalmente hacia la portería rival marcando de un golpeo con el exterior.
La dinámica positiva empujaba al Celta. Pero Luis García Plaza también sabe de esto y fue a hacer daño al punto débil celeste en ese momento, la defensa volátil. Luis Rioja, Stoichkov y Villalibre aparecieron. Tuvieron acciones contra el portero los dos últimos y Guridi. Y erraron. No lo hizo Aspas en el minuto 83, cuando Swedberg, de nuevo al borde del área, encontró su desmarque hacia el área. Un zurdazo deciviso, determinante. Un partido afortunado, otro de crecimiento durante. Ojalá también después. Las cosas sólo pasan una vez; y ayer hubo victoria.
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