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Como en casa fuera de casa. El Celta volvió a ganar lejos de Balaídos, donde sólo ha perdido en una ocasión en toda una primera vuelta. Lo hizo explotando su vena maquiavélica, de control mental más que futbolístico. El Sevilla se cansó de buscar sin encontrar y el equipo vigués encontró el premio en la recta final. Séptimo empatado con el sexto. Casi nada. La vida sonríe al conjunto celeste.
El Celta le está cogiendo gusto a ser cualitativo. A elegir. A ser sibarita en su fútbol. Nada de acumular, seleccionar. Ser paciente, esperar y golpear. La cuestión ya no es estar mucho tiempo cerca de la portería rival para que la cercanía genere el cariño del gol. Ahora, toca tomar al asalto el área contraria en oleadas. La velocidad manda en el ataque céltico por encima del control. Entre otras cosas, porque el equipo celeste tiene el nivel de confianza muy sano y confía en que toda espera tendrá su recompensa.
Lo antedicho no significa ahorrar esfuerzo, sino intención. Porque para que el plan salga, necesitas que no te haga daño el rival y ahí es donde el estrés se acumula. Especialmente, en la línea de centrales, ayer compuesta para la salida de balón de dos piezas, dada la apuesta por soltar a Javi Rodríguez hacia el campo contrario, tanto en tareas defensivas, persiguiendo a Peque, como en ofensivas.
Una vez más, el rival, en este caso el Sevilla, tenía más balón. Por momentos, mucho más. Y una vez más, esa presencia del contrario en campo propio propiciaba acciones a balón parado, con dos puñados de saques de esquina y faltas laterales en la primera mitad que no crearon verdadero peligro. Porque el planteamiento celeste triunfó, sin duda, en la comparación de cuán afilados estaban los dos ataques. El sevillista era insistente, con las bandas luciendo cantera con Oso -en colaboración con Peque- y Juanlu -en colaboración con Carmona-. El Celta no impidió los centros pero sí controló los remates, con lo que el peligro fue escaso. En cambio, cuando los célticos pudieron correr, sí que hubo sensación de gol. Pudieron marcar Bryan Zaragoza, Iago Aspas y Javi Rodríguez en sendas contras, un arma bien utilizada, sobre todo tras errores sevillistas.
El Celta se sentía cómodo sin balón, un arte que ha aprendido esta temporada. Entre otras cosas, porque Borja Iglesias no entraba en juego -apenas en un par de ocasiones y sin precisión- ni por abajo ni a través de los muchos pelotazos con que lo buscó Radu en los saques de puerta. Y porque las ocasiones para que Iago Aspas -no Óscar Mingueza, que respetaba esta vez más su puesto de carrilero izquierdo- ordenase un centro del campo de nuevo formado por Miguel Román e Ilaix Moriba eran pocas. Había mucho movimiento pero poca acción.
No varió el panorama en el inicio de la segunda parte. Los dos equipos repetían planteamiento, con el Sevilla al mando del balón y el Celta jugando en campo propio. Lo malo es que la pelota comenzó a vengarse del Celta por quererla sólo de vez en cuando, por no acariciarla, sino empujarla hacia arriba con celeridad. Y los célticos empezaron a no ser capaces de hilar dos pases seguidos. Tirar una pared parecía un imposible con los pies cuadrados de los célticos. La mejor muestra era Borja Iglesias, que parecía incapaz de realizar un control en corto o de dar un pase con criterio. Eso aumentó la sensación de control del bloque local, sobre todo porque los vigueses ya no tenían capacidad de llegar a la contra.
Como el marcador no se movía, le tocaba a los banquillos. Al Sevilla le faltaba la pegada que buscaba con su control y tiró de Alexis Sánchez y del desequilibrio de Rubén Vargas. Mientras, Claudio Giráldez también cambiaba su ataque al completo, sentando a Borja y Aspas para apostar por Pablo Durán y Williot Swedberg. Ninguno de los dos técnicos logró modificar a mejor a sus equipos. Almeyda, por la desgracia de la lesión de Vargas al poco de salir. Giráldez, porque no había quién diese sentido al juego con balón una vez se cruzaba el centro del campo.
El problema físico de Vargas y el cansancio empezó a hacer mella en el Sevilla. Fueron minutos en los que el partido se medía en el tiempo que tardaba Mendy en saltar a la presión de Starfelt, al que de entrada flotaban los locales. El sueco, inteligente, esperó siempre. Hasta que el mediocentro local dejó de saltar. Para entonces, el conjunto vigués ya amenazaba el área rival. Tuvo que marcar Ilaix en el minuto 85, pero lo impidió el meta local, Odysseas. Quien ya no pudo hacer nada un par de minutos después con el penalti marcado por Marcos Alonso, cometido por Oso sobre el mismo Ilaix. Fue el golpe de gracia. La paciencia sirvió. Ser cualitativo también vale.
Sevilla:
Odysseas; Juanlu (Miguel Sierra, min.81), Carmona, Gudelj, Kike Salas (Nianzou, min.81), Oso; Agoume, Mendy, Sow; Peque (Alexis Sánchez, min.57), Isaac Romero (Rubén Vargas, min.57; Januzaj, min.66).
Celta:
Ionut Radu; Jones El-Abdellaoui (Javi Rueda, min.66), Javi Rodríguez, Carl Starfelt, Marcos Alonso, Óscar Mingueza (Sergio Carreira, min.90); Miguel Román, Ilaix Moriba; Iago Aspas (Williot Swedberg, min.57), Borja Iglesias (Pablo Durán, min.57), Bryan Zaragoza (Hugo Álvarez, min.66).
Gol:
0-1, min.87: Marcos Alonso, de penalti.
Árbitro:
José María Sánchez. Amonestó con una cartulina amarilla a los jugadores locales Juanlu, Mendy y Alberto Flores; y a los célticos Ilaix Moriba, Óscar Mingueza, Javi Rueda y al técnico Claudio Giráldez.
Incidencias:
Partido de la décimo novena jornada de Liga, última de la primera vuelta, disputado en el estadio Sánchez Pizjuán.
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