Cuando el “soufflé emocional” lo pone la incompetencia

Publicado: 23 ene 2026 - 01:33

Hay frases que no deberían pronunciarse jamás desde un ministerio. Y hay momentos en los que el silencio, la prudencia y la empatía no son opcionales, sino obligatorios. Las recientes declaraciones del ministro de Transportes, Óscar Puente, confiando en que “cuando baje el soufflé emocional” será posible alcanzar acuerdos con los maquinistas, no solo son profundamente desafortunadas: son impropias de quien ostenta la máxima responsabilidad sobre un sistema ferroviario golpeado por la tragedia y el caos.

Hablar de soufflé emocional tras días marcados por accidentes, muertes, retrasos constantes y una sensación creciente de inseguridad en la red ferroviaria española no es un lapsus lingüístico. Es una forma de desprecio. Un lenguaje frívolo, chulesco y deshumanizado que trivializa el dolor de las víctimas, el duelo de sus familias y la angustia de miles de trabajadores y usuarios.

El problema no es que los maquinistas estén “emocionados”. El problema es que el sistema falla. Que hay infraestructuras envejecidas, decisiones políticas erráticas, falta de inversión eficaz y una gestión que responde tarde, mal y con soberbia. Y cuando quienes alertan de esos fallos —profesionales altamente cualificados y responsables directos de la seguridad— alzan la voz, el ministro opta por reducir el conflicto a una cuestión de estados de ánimo.

No estamos ante un berrinche sindical. Estamos ante personas que conducen trenes llenos de vidas humanas. Personas que cargan con una responsabilidad enorme y que, tras cada accidente, se preguntan si el siguiente podría haberse evitado. Minimizar sus reivindicaciones como si fueran espuma pasajera revela una desconexión alarmante con la realidad del sector y con el sufrimiento que se vive dentro y fuera de las cabinas.

A esta falta de sensibilidad se suma un gesto aún más revelador: en una rueda de prensa reciente, acompañado por los responsables de Adif y de Renfe, Óscar Puente llegó a afirmar que, a partir de ahora, serían ellos quienes darían las ruedas de prensa porque “son los que saben”. Lejos de ser un ejercicio de respeto técnico, la escena fue una muestra clara de cobardía política. Cuando las cosas se tuercen, el ministro se esconde tras sus subordinados. Cuando hay preguntas incómodas, delega el micrófono. Adif y Renfe no actúan al margen del Ministerio: dependen de él. Pretender que sean otros quienes den la cara mientras el máximo responsable se aparta del foco no es humildad, es huida.

Óscar Puente no es un tertuliano ni un comentarista ingenioso. Es el máximo responsable político de Transportes en España. Y ese cargo exige algo más que ironía y frases diseñadas para el titular fácil. Exige respeto institucional, liderazgo sereno y, sobre todo, humanidad. Porque cuando hay muertos, no sobra la emoción: sobra la arrogancia.

Resulta especialmente grave que estas palabras y gestos lleguen en un contexto en el que la ciudadanía percibe una degradación evidente del servicio ferroviario y una incapacidad del Ministerio para asumir responsabilidades claras. En lugar de autocrítica, se señala a los trabajadores. En lugar de diálogo sincero, se espera a que “se enfríen”. En lugar de soluciones estructurales, se recurre al desprecio velado y a la delegación interesada.

Las emociones no son el problema. Son la consecuencia. La consecuencia de una gestión que no escucha, que no anticipa y que no aprende. Y mientras desde el despacho ministerial se habla de soufflés y se reparten comparecencias, en las vías se juega algo mucho más serio: la seguridad, la dignidad profesional y la confianza de todo un país en su sistema de transportes.

Quizá lo que debería bajar no es el “soufflé emocional” de los maquinistas, sino el tono altivo de un ministro que parece haber olvidado que gobierna para personas, no para titulares.

Julio ALC (Soñador de valores)

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