Atlántico
La dictadura de Vox
n n n La tragedia en Oriente Medio nos conmueve, pero en casa seguimos tolerando corrupción, precariedad y desigualdad sin alzar la voz.
El conflicto entre Hamas e Israel vuelve a ocupar titulares, a levantar pasiones y a dividir bandos en todo el mundo. En medio, lo único cierto y lo más doloroso: la muerte de inocentes. Y no hay ser humano digno de llamarse tal que pueda permanecer indiferente cuando son los niños quienes pagan con sus vidas el precio de una violencia interminable.
Sin embargo, en España asistimos otra vez a un espectáculo que se repite: mientras el dolor ajeno ocupa pancartas y manifestaciones, los problemas propios quedan en segundo plano. Hoy mismo, en mi ciudad de Vigo, contemplé cómo varios cientos de personas marchaban bajo la pertinaz llovizna gallega. Respeto su derecho y su intención, pero no dejo de preguntarme:
• ¿Por qué esa gente no se moviliza también contra los etarras que jamás pidieron perdón?
• ¿Por qué no contra los políticos corruptos, que presuntamente siguen saqueando lo que es de todos mientras proclaman su compromiso social?
• ¿Por qué no contra el encarecimiento insoportable de la cesta de la compra o la imposibilidad de los jóvenes de emanciparse?
La indignación selectiva nos está haciendo cómplices de nuestra propia decadencia. En Vigo —como en tantas otras ciudades— la juventud no puede independizarse. Se ve obligada a alquilar habitaciones en pisos compartidos, cocinando entre varios en la misma nevera, compartiendo un baño, sobreviviendo con salarios que nada tienen que ver con los años de formación invertidos.
Mientras tanto, la compra semanal es cada vez más cara y el carro del supermercado más pequeño y de peor calidad. Y la corrupción política sigue costándonos a todos lo que debería invertirse en sanidad, educación o vivienda.
La tragedia en Oriente Medio merece respeto, compasión y exigencia de paz. Pero también necesitamos mirarnos al espejo. Si queremos practicar la solidaridad de verdad, hagámoslo también aquí, en casa, contra las injusticias que nos asfixian cada día.
Sueño a diario con que algún día podamos recuperar esa educación en valores donde la familia y los progenitores eran sagrados, donde la empresa y sus jefes eran dignos de respeto por parte de empleados y colaboradores, y donde la dignidad, la responsabilidad y el sentido común fueran pilares irrenunciables de nuestra convivencia.
Quizá la verdadera solidaridad empiece por ahí: por no callar frente a nuestras propias vergüenzas mientras señalamos las ajenas.
Julio A. López Carreiras - Soñador de Valores
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