Atlántico
España no quiere separarse. Reflexión para la clase política
España no es un país que desee dividirse. Así se percibe cuando millones de ciudadanos celebran juntos sin preguntarse dónde nació quien tienen al lado, qué lengua habla o a qué partido vota.La victoria de la selección española volvió a mostrar una imagen clara: jugadores nacidos en distintas comunidades autónomas, e incluso fuera de España, formaron un solo equipo, defendieron la misma camiseta y unieron a todo un país.Catalanes, andaluces, vascos, madrileños, valencianos, navarros, canarios, extremeños y gallegos no compitieron entre sí, sino juntos. Se ayudaron, sufrieron y celebraron como compañeros. Fuera del campo, millones de personas hicieron lo mismo.Las calles, plazas, hogares y establecimientos se llenaron de camisetas rojas, banderas y abrazos. Nadie tuvo que renunciar a su identidad regional para sentirse español. Ser catalán, vasco, andaluz, gallego o canario no fue incompatible con celebrar una victoria de España.
El deporte nos recuerda que la unidad no exige uniformidad. Podemos tener diferentes lenguas, acentos, costumbres y tradiciones sin convertir esas diferencias en fronteras. Cada jugador aportó su identidad y su talento, pero todos trabajaron por un objetivo común.
La selección demostró algo que la política olvida con demasiada frecuencia: España puede reconocerse en su diversidad sin romperse.Resulta preocupante que algunos dirigentes conviertan las diferencias territoriales en instrumentos de confrontación. Donde los ciudadanos encuentran motivos para abrazarse, ciertos discursos buscan separarlos. Donde el deporte crea compañeros, la política fabrica bloques.La bandera y el escudo de España no pertenecen a una ideología, a un partido ni al Gobierno de turno. Son símbolos constitucionales de todos los españoles. Sentirse español no obliga a despreciar ninguna identidad regional, igual que amar la bandera de España no significa rechazar otras banderas.En democracia deben poder defenderse ideas diferentes, incluso aquellas que cuestionan la organización territorial del Estado. Pero una cosa es discrepar dentro de la ley y otra utilizar las instituciones para despreciar los símbolos comunes, enfrentar a los ciudadanos o presentar la ruptura como la única forma de libertad.El Congreso está formado por 350 diputados que representan a cerca de 50 millones de habitantes. No son propietarios de España, sino representantes temporales de la soberanía nacional. Su obligación es servir a los ciudadanos, aprobar leyes, controlar al Gobierno y buscar soluciones dentro de la Constitución.El problema no es la democracia representativa, sino que algunos representantes olviden a quién sirven; que los acuerdos se conviertan en intercambios de poder; o que decisiones territoriales de enorme importancia dependan de la supervivencia política de unos pocos.Los ciudadanos no deben ser súbditos de sus representantes. Los representantes deben estar al servicio de los ciudadanos.La selección dejó una lección sencilla: ningún jugador podía ganar solo. Necesitaron confiar unos en otros, respetar las mismas reglas y defender un proyecto común.Eso también debería ser España: un país formado por 17 comunidades autónomas y 2 ciudades autónomas, donde cada territorio conserve su personalidad sin levantar fronteras contra sus vecinos; un país que no confunda diversidad con separación ni pluralidad con enfrentamiento.
España necesita dirigentes con menos cálculo partidista y más compañerismo; menos división y más objetivos compartidos; menos desprecio hacia los símbolos comunes y más voluntad de construir juntos.Porque, cuando los españoles se encuentran libremente, no se separan.Se reconocen, celebran y se abrazan bajo una misma bandera.
¡Que siga VIVA España!
Julio López Soñador de Valores
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