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Camões y Camus: contra la hipocresía política y la cobardía institucional
La actualidad política ya no permite eufemismos: la hipocrecía no se oculta, se practica abiertamente desde el poder. Gobiernos que aparentan estabilidad mientras toleran abusos, instituciones que invocan principios que luego no aplican, y responsables públicos que eluden decisiones mientras el deterioro se agrava. No es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más visible.
Luís de Camões lo denunció con crudeza en el siglo XVI al describir una sociedad como “mãe de vilões ruins e madrasta de homens honrados”. No hablaba solo de su tiempo, sino de una constante política: sistemas que protegen al desleal y abandonan al íntegro. Hoy esa lógica persiste cuando se premia la obediencia ciega, se margina la discrepancia y se toleran conductas que, en cualquier estándar exigente, deberían conllevar responsabilidades políticas inmediatas.
Albert Camus aporta el marco ético que hoy se echa en falta en muchas estructuras de poder. Para él, la libertad implica responsabilidad y acción, no cálculo ni pasividad. Gobernar no es administrar inercias ni esconderse tras procedimientos: es decidir y asumir consecuencias. Cuando el poder calla ante el acoso, la injusticia o la arbitrariedad, no es neutral: es cómplice.
La cuestión no es teórica. Hoy vemos representantes públicos que no actúan ante situaciones graves, estructuras partidarias que protegen sus equilibrios internos antes que a las personas, e instituciones que reaccionan tarde o nunca. La inacción ya no puede
presentarse como prudencia: es una forma de negligencia política.
Camões denuncia el sistema que degrada la justicia; Camus exige la responsabilidad individual frente a esa degradación. Ambos coinciden en lo esencial: el poder que no actúa frente a la injusticia pierde legitimidad. Y esa pérdida no es simbólica, es material: afecta a quienes quedan desprotegidos.
En este contexto, no caben posiciones intermedias. Hay decisiones que definen la calidad democrática de una organización y de sus dirigentes. 169 votos en dos mesas de elecciones municipales no son una cifra abstracta: son la medida de una responsabilidad concreta en el territorio, respecto a su prepotencia y al nacimiento del acoso. Tan escaso apoyo no es una anécdota aritmética, sino la expresión de una incapacidad política y personal.
Camus lo plantea con dureza en Les Justes: asumir las consecuencias distingue al actor político del mero oportunista. Quien ejerce poder sin asumir costes personales ni políticos no actúa con ética pública, sino con cálculo privado. Y ese cálculo, cuando se
impone, erosiona la confianza y vacía las instituciones.
Lo que está en juego no es retórico. Es la credibilidad del sistema, la protección efectiva de las personas y la vigencia real de los principios que se invocan. La hipocresía política no es solo un defecto moral: es un factor de deterioro institucional.
Por eso la exigencia es clara: menos discurso y más responsabilidad; menos cálculo y más decisión; menos apariencia y más rendición de cuentas. Porque cuando el poder no actúa, deja de ser poder legítimo y se convierte en problema.
Con respeto y con esperanza, Un ciudadano sin carné ni militancia partidista, que todavía cree en la política
Jesús Humberto González Piñeiro
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