Carmen Tomás
Cien minutos de bochorno
Están apareciendo estos días diversas interpretaciones sobre la última invasión de Ceuta y la pretendida en Melilla, y entre ellas se formulan analogías disparatadas entre Gibraltar y las antiguamente llamadas “plazas de soberanía”, antes de la propia existencia del Reino de Marruecos. Por eso nunca fueron, como dicen en este país plazas ocupadas. Pero se han aprovechado las cesiones de España ante el Reino Unido con relación a Gibraltar, que ahora, fuera la metrópoli de la Unión, va a seguir en la práctica dentro de las ventajas mejoradas del Tratado de Schengen.
Se escribe incluso que en medio plazo la cuestión de la soberanía de las dos ciudades autónomas españolas será cuestión a resolver y otra serie de consideraciones desde una falsa perspectiva. En tanto Gibraltar sigue siendo un territorio dentro de los espacios de desconolizar por las Naciones Unidas, Ceuta y Melilla son reconocidas como ciudades tan españolas como Logroño o A Coruña. En 1975, Marruecos presentó su petición ante la ONU para que Ceuta y Melilla fueran reconocidas como “territorios no autónomos” pendientes de descolonización, pero la ONU rechazó la solicitud, lo que impide un reconocimiento jurídico internacional de su soberanía marroquí.
Marruecos, diga lo que diga el Gobierno de Sánchez, sobre las buenas relaciones con Mohamed VI, aparte de la generosa aportaciones en forma de inversiones y subvenciones al país donde reina uno de los más ricos jefe de Estado del mundo, mantiene una postura coherente en la que va avanzando hacia sus objetivos. Algunos ya consumados como la ocupación de lo que fuera una provincia española, el Sahara, y las pretensiones sobre las aguas que rodean a las Canarias y sus recursos. En ese sentido, la unilateral decisión de Pedro Sánchez, en contra del propio programa de su partido, de defender el derecho a la autodeterminación de los saharauis y ahora ceder a que Marruecos lo asimile, con un pretendido referéndum controlado, ha dado alas a Marruecos que ve el camino despejado para otros objetivos. Y para ello cuenta con el respaldo de Estados Unidos, Israel e incluso Francia.
Esta vez, nadie se cree, empezando por organizaciones de apoyo a los inmigrantes en la mar, como Open Arms, que como dijo Sánchez, la llegada de más de 50.000 personas de golpe lleguen en unas horas a Ceuta porque las animan las mafias del trato de personas. Esta organización ya ha manifestado que no se lo cree, y que un desplazamiento de tales masas no es posible sin el apoyo, tolerancia o respaldo del país de salida. Frente a lo que dice Sánchez, basta consultar la prensa oficial y general de Marruecos y los propios testimonios de sus dirigentes, para concluir que el objetivo de todos los ensayos y experimentos demuestran que se pueden recuperar las plazas en horas con el mero desplazamiento de miles de sus ciudadanos.
Desde su independencia en 1956, Rabat ha calificado a Ceuta y Melilla como enclaves “ocupados” por potencias extranjeras, considerándolos vestigios del colonialismo europeo que deben ser devueltos a Marruecos. En la última década, Marruecos ha utilizado movilización migratoria (como el asalto masivo a Ceuta en 2021 y 2026) y medidas aduaneras asimétricas como herramientas de presión política, buscando desestabilizar la situación en los enclaves y forzar un cambio de estatus. A estas alturas casi resulta tópico, frente a los argumentos de Marruecos, recordar que las dos plazas nunca fueron marroquíes, por lo que no fueron ocupadas ni tomadas. Tras la Unión Ibérica en 1580, cuando Felipe II unió las coronas de Portugal y España, Ceuta pasó a la soberanía española. Cuando Portugal recuperó su independencia en 1640, los habitantes de Ceuta decidieron permanecer bajo España, consolidando su vínculo con la Corona española. Melilla fue conquistada por España en 1497 bajo los Reyes Católicos, convirtiéndose en uno de los territorios españoles más antiguos en África y manteniendo su españolidad de manera ininterrumpida.
Frente a la postura española, el gobierno marroquí argumenta que la contigüidad física con Marruecos y la integración de estos enclaves en el mapa nacional es un derecho histórico y natural y como tal figura en los mapas oficiales. Frente a la postura española Mohamed VI y su Gobierno combina aparte del discurso anticolonial la presión política y presión sobre Ceuta, de modo harto evidente.
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