Atlántico
Nuestro bosque perdido
(Dedicado a mi hermana Marília)
Cuando teníamos entre seis y ocho años, todo era distinto. Podíamos ver el otro lado de la calle que atravesaba ese inmenso bosque sin dueño. Nosotras, siendo dos niñas pequeñas, nos sentábamos entre los muros de la casa y buscábamos a los niños con tirachinas que querían matar a los pájaros de nuestro bosque, sin más. Jugábamos al escondite entre arbustos y palmeras que habían sido plantadas para beber su agua de coco. Con la ayuda de Papá, quien nos enseñaba a plantar árboles, estos se convirtieron en sombras gigantescas y fructíferas. Mirábamos, entre los árboles con grandes raíces y rocas, a amantes a lo lejos; a personas que hacían sus necesidades fisiológicas o que simplemente comían sus dulces y trocitos de pan caliente comprados en la panadería de la esquina. Podíamos ver a los titíes con cara de miedo entre los frutos del árbol de jabuticaba de la finca de nuestra casa cuando venían a visitarnos. ¡Ah, qué viejos tiempos! ¡Cómo los echamos de menos! Ahora vemos los árboles centenarios, cortados y mezclados con cemento en columnas, como si quisieran recordar los templos grecorromanos. Los hombres cometieron una cobardía matando a la naturaleza; inducidos por sus incrédulos y maléficos deseos. Es cierto que ya no podemos mirar al otro lado de nuestro mundito, sino solo llorar a gritos por nuestros antiguos escondites, entre chicharras que cantaban al anochecer o pajaritos antonando un nuevo amanecer, en los espacios dónde jugábamos. Por supuesto, que jamás podremos volver a ver ni a escuchar a los titíes, ni al viento que balanceaba las hojas de los árboles que un día nosotras mismas plantamos.
Kênia Bonk Gimaiel
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