Xoán Rubia: “El practicante rural tenía que poner su casa, su coche y comprar el material”

"Tenemos posiblemente la mejor sanidad del mundo y eso hay que defenderlo con uñas y dientes, aunque hay margen de mejora", dice el escritor y cantautor gallego

Entrevista a Xoán Rubia, escritor y compositor. | Atlántico

Xoán Rubia tiene un recuerdo “impresionante” de un concierto que dio en Castrelos en los años 70 ante diez mil espectadores en el arranque de una carrera musical como cantautor del movimiento de la Nova Canción Galega. Fue el primer gallego que puso música a poemas de García Lorca y grabó varios discos. Es también escritor, con tres libros publicados, el último de ellos, “O practicante rural” (Galaxia, 2024), narra su propia trayectoria profesional. Es el relato de un trabajo poco reconocido, en el que expone la precariedad de los inicios, el nacimiento de la Atención Primaria y que condimenta con un montón de anécdotas, algunas hilarantes como la vez que acompañó a un veterinario para visitar a un mono enfermo de un circo, al que él mismo aceptó coger una vía para ponerle suero.

¿Cómo era el trabajo del practicante rural?

Era una tarea realmente complicada y difícil, porque llegabs a un pueblo y tenías que buscarte la vida. La Administración no se comprometía a lo más mínimo. Tenías que alquilar un piso para vivir con la familia y disponer de dos piezas de tu casa para poner la sala de espera y una consulta. Una vez canalizada la estancia y la logística, tenías que hacerte cargo de todas las eventualidades sanitarias que surgieran en el pueblo, en la villa o en la aldea, de acuerdo con el médico. Éramos los que llevábamos adelante la sanidad pública en el rural.

¿Por qué escogió el rural?

A mí siempre me interesó un ejercicio en régimen abierto, el hospital me saturaba un poco. Pero integrarte en la vida del pueblo, realizar tu vida y tus actividades con ellos, establecía una complicidad entre el paciente y el enfermero o el médico que difícilmente encontrabas en el hospital. Me atraía más la relación humana, hablar con la gente y poder resolver en cierta medida sus malestares y sus cuitas sanitarias me sugería más que trabajar con un horario establecido en un régimen cerrado y donde los pacientes eran más bien números.

¿La falta de medios era importante?

Era absoluta, había una implicación total y absoluta porque no había más remedio. Poníamos la casa, el coche y comprábamos el material. Se usaban jeringas de cristal con el cono metálico, tenías que hervirlas para poder pasar consulta en condiciones sensatas.

También se organizaron para librar algún fin de semana

Eso era un problema serio también. Tu obligación era estar las 24 horas del día dispuesto a atender cualquier cuestión que surgiera. No podías tener una conciliación familiar ni disponer de un fin de semana para pasear con la familia. Nos poníamos de acuerdo los compañeros para cubrir los fines de semana. La Administración lo permitía siempre que no hubiese alguna queja.

¿Qué supuso la creación de la Atención Primaria?

Éramos el primer eslabón de la cadena, tenías que esforzarte para que las cosas salieran como uno deseaba que salieron pero si no tenías los medios suficientes la cosa a veces se complicaba. Con la creación de los centros de salud y los equipos de Atención Primaria las cosas cambiaron radicalmente, la figura del practicante rural, como lobo solitario que aventaba los problemas, ya fue desapareciendo.

En uno de sus destinos como practicante sí que había centro de salud.

En Melide había un centro de salud espléndido en cuanto a material y espacios, pero estaba sin inaugurar. El cura me dejó un espacio de la Iglesia, pero más que un consultorio parecía una morgue. No tenía ventanas. Cuando hervía el material se llenaba todo de vapor y había que salir. Además, al principio había puesto una cortina para separar la zona de espera pero al trabajar con luz eléctrica había transparencias como las sombras chinas y los pacientes no querían eso. Así que esperaban fuera. Contarlo ahora parece ciencia ficción. Al final, un médico asturiano y yo insistimos mucho para poder utilizar el centro de salud y al final nos lo permitieron.

Cuenta en el libro que se valoraba mucho el aparato de Rayos X.

En la medicina rural era una panacea para algunos facultativos porque había gente que hacía también consulta privada. Algunos no lo tenían y otros se empeñaban en tenerlo en una sala de su casa aunque no funcionase realmente bien, con el peligro que conlleva.

¿El practicante llegó a ser un referente en el pueblo?

El practicante no tanto, quizá más otros personajes como el farmacéutico, el alcalde, el médico, el maestro o el cura, que sí podían influir en la vida de la comunidad.

¿Cómo ve ahora el panorama de la canción gallega?

Lo veo desde la barrera realmente. Entonces era ilusionante, porque aquello de la nueva canción gallega significaba que estabas haciendo algo nuevo, intentabas decir algo que no decía la canción gallega tradicional. Era en cierto modo también una manera de rebelarse contra la situación. Es casi obligatorio que los jóvenes sean un poco rebeldes. No se trataba de arreglar los problemas del mundo, pero sí concienciar un poco a la gente que nos escuchaba, era como decir: hay otras cosas. Cantar en gallego era comprometido y cantar temas relacionados con alguna problemática social también. Nuestras familias pagaban las multas.

¿Qué diría de la sanidad pública?

Los derechos sociales que vamos adquiriendo con el tiempo no son otorgados a merced de la buena voluntad de las autoridades o del sistema. Hay que luchar para conseguirlo y con la sanidad pasa lo mismo, aunque es verdad que se puede mejorar y avanzar mucho más. También es cierto que los ciudadanos tienen sus derechos pero deben hacer un uso responsable porque nos cuesta a todos. Tenemos posiblemente la mejor sanidad del mundo y eso hay que defenderlo con uñas y dientes.

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