La singular e interesante crónica de Bouzas del Diccionario Madoz
Episodios vigueses
Se llegó decir que Vigo es una potencia pesquera de prestado: de Bouzas recibió a los armadores; de Cangas, los marineros
En su minucioso relato, el Diccionario Madoz dedica amplio espacio Bouzas y a la sardina. Dice que abunda la pesca de todas clases, especialmente la sardina y la industria salazonera, pero no alude a las familias que entonces se dedicaban al negocio. Había entonces en Bouzas, además de esta básica industria, molinos harineros y telares para lino. La población la constituía apenas cuatro mil quinientas almas. El presupuesto municipal era de 19.000 reales y la riqueza del municipio se cifraba en otros 280 mil. Estamos a mediados del siglo XIX. A comienzos de los veinte, el puerto pesquero de Bouzas armaba un centenar de pesqueros de los de mayor porte y envergadura de la flota nacional. Los apellidos Montenegro, Freire, Fontán, Iglesias, Leirós y Mera son, entre otros, los jalones de la geografía del desarrollo pesquero de este puerto que prestó a la aldea de pescadores de Vigo el empuje de sus armadores y de sus iniciativas pesqueras.
Se llegó decir que Vigo es una potencia pesquera de prestado: de Bouzas recibió a los armadores; de Cangas, los marineros. El hoy primer puerto pesquero de Europa vivía de rentas agrarias hasta bien entrado el siglo XIX. Fue la llegada masiva de catalanes y el empuje de Bouzas lo que proyectaron definitivamente su desarrollo. Una evidencia de que el Vigo pescador no se adentraba más de la mitad de la ría es que cuando llegan los catalanes, a partir del XVIII con sus nuevos artes de pesca, conflictos y algaradas tienen por protagonistas a los pescadores de Cangas -que llegan a incendiar los tinglados de los invasores- y no con los de Vigo.
“La Marítima de Bouzas” y la sociedad de seguros mutuos fueron dos importantes entidades de armadores y de caución, concebidas con proyección de modernidad, en cuyo seno trabajaron con tesón los viejos señores de la pesca. En un espléndido trabajo, debido a la autoría de Severino Gestoso, publicado en el número conmemorativo del 60 aniversario de la revista “Industrias Pesqueras”, tan vinculada a Bouzas, se subraya: “Del falucho a los pequeños barcos que andaban «a la pastilla'», las parejas de Bouzas se extendieron por el resto del litoral, y ya antes de esta época, habían llegado a Cádiz Saturnino y Casiano Veiga, adelantados de la cantidad de boucenses que recalarían en el futuro en la costa andaluza”
Otra de las curiosidades de cómo era Bouzas hace dos siglos es su comercio exterior: desde aquí se exportaban a Cádiz huevos de gallina y se traían telas de algodón, sombreros y otros géneros para el consumo de la población. Bouzas era la patria de Isidro Romero, rico propietario que murió en 1819 en Jaimaica y legó 10.000 duros para que en el pueblo de su naturaleza se estableciera un hospital de diez camas. Pero ya andaban entonces con líos, como cuenta Madoz, ya que “bien que habiendo recibido el gobierno esta suma no ha entregado a Bouzas más que la mitad ni ha tenido efecto la disposición testamentaria”. También es patria de don Pedro del Pozo y Troncoso y de doña María Silvestre, su esposa, vecinos de Veracruz y desde cuyo punto no cesan de hacer beneficios a esta vecindad, que se calcula en más de un medio millón de reales”. El autor del revelador trabajo “Bouzas, un puerto que existio”, destaca que durante los primeros años treinta, como consecuencia de la agitación social que vivía el país, sacudido por innumerables huelgas, los buques de Bouzas establecieron sus bases en el sur del país. Tras la guerra civil, los barcos de la flota se reparten entre el Grand Sole, la costa lusitana, La Rochela y Canarias. Fueron asimismo armadores de Bouzas quienes se adentraron en las grandes descubiertas del banco canario-sahariano, estableciendo bases en las Palmas o incluso trasladando su apellido a A Coruña donde se asienta una rama de los Freire. Las parejas de Bouzas se convirtieron en los grandes adelantados de la flota nacional, gracias a la pericia de sus tripulaciones y a la decisión de los armadores, dispuestos a ofrecer al país la creciente demanda de productos pesqueros que este demandaba.
Como recuerda Gestoso, los nombres de algunas de aquellas parejas quedar n para siempre en la historia de las pesquerías nacionales: “Nuevo Fontán”, “Antonio Fontán”, “Nuevo Moderno” y “Moderno Armada”, entre otros. Cardama, Freire y Armada eran los astilleros de donde salían aquellos marineros buques de madera que desafiaron tantos temporales y que sufrieron no pocos siniestros y tragedias. Eran tiempos realmente duros para las tripulaciones y al final de la propulsión mediante calderas de vapor, alimentadas por carbón, lo que, aparte de todas las penalidades de la mar, obligaba incluso a llevar el carburante sobre la cubierta. Al hilo del magnífico relato de Gestoso se recuerdan las grandes campañas de los primeros años cincuenta que condujo a la flota de Bouzas hasta las aguas de Terranova. La marea duraba un mes, y el pescado se traía conservado, en fresco. Después se ensayó un sistema más industrializado, con sal e hielo, que no dio resultado, por lo que se impuso el sistema de salado, desechando el hielo, a fin de asegurar el más adecuado aprovechamiento comercial del producto. La campaña se extendía de marzo a diciembre. El tiempo y el cambio de las técnicas de pesca fueron acabando poco a poco con las famosas parejas de Bouzas, conocidas incluso tierra adentro, por su peculiar forma de operar. Los armadores locales supieron hacer su propia reconversión, adquiriendo nuevos buques de casco de hierro y lanzando sus empresas a nuevas aventuras, cada vez más lejos de su base de partida. Fueron tiempos, al inicio de los sesenta, en que Bouzas exportó no solamente a sus hombres, sino también sus capitales. Dejamos el resto de la historia para otro día.
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