“Si vendo el café a 1,50 y pago comisiones, ¿dónde queda la ganancia?”

La Cervecería Grifone lleva años resistiéndose al datáfono en un momento en el que pagar con tarjeta se ha convertido en la normalidad

Verónica Domínguez, propietaria del la Cervecería Grifone, junto al cartel de: “Solo se acepta dinero en efectivo”.
Verónica Domínguez, propietaria del la Cervecería Grifone, junto al cartel de: “Solo se acepta dinero en efectivo”. | Juancho Everman

Pedir una consumición, sacar unas monedas y esperar la vuelta. Un gesto que durante décadas fue automático empieza a resultar extraño para una parte de los clientes. La tarjeta y cada vez más el pago con teléfono móvil han sustituido al monedero incluso para los importes más pequeños. Pero hay establecimientos que se niegan a dar por desaparecido el efectivo. En la Cervecería Grifone, Verónica Domínguez lo tiene claro, allí no hay datáfono.

Lleva diez años al frente del establecimiento, después de otros ocho como empleada, y asegura que durante todo ese tiempo la política ha sido la misma. “Nunca tuvimos pago con tarjeta, nunca”. Detrás de la decisión hay una cuestión de números.

En un negocio en el que buena parte de las ventas son pequeñas consumiciones, cualquier coste añadido cuenta. “Si vendo un café a 1,50 euros y a eso le sumo el azúcar, el hielo, los gastos del negocio y todavía tengo que pagar por cobrarlo con tarjeta, ¿dónde queda la ganancia?”.

La situación se repite en otros pequeños establecimientos gallegos que en los últimos meses han hecho pública su resistencia al pago con tarjeta. La discusión ha cobrado fuerza precisamente porque el pago electrónico ha ido ganando terreno, el cual ya no se reserva únicamente para una factura elevada.

Pero Grifone se mantiene firme en su decisión. Sus clientes habituales ya conocen las reglas. “La mayoría son asiduos y ya saben cómo se paga aquí”, explica Domínguez.

El problema aparece con quien entra por primera vez y descubre la situación después de consumir. En esos casos, algunos salen a buscar dinero y regresan. Incluso recuerda clientes que “vuelven a pagar y te dejan propina”, asegura.

Otros no reaccionan igual. Cerca del establecimiento existen cajeros, pero retirar efectivo también puede tener un coste dependiendo de la entidad. Domínguez recuerda el enfado de un cliente al que cobraron tres euros de comisión por sacar veinte. “No entendía que a mí también me cobran”.

Es ahí donde las dos caras de la misma discusión se encuentran, el consumidor no quiere pagar por conseguir efectivo y el hostelero cuestiona tener que asumir un coste para aceptar el método de pago que aquel prefiere.

Admite que renunciar al datáfono puede significar perder alguna venta, aunque no considera que sea suficiente para cambiar su postura. Tampoco encuentra grandes inconvenientes en trabajar exclusivamente con efectivo.

Para ella, además, existe una diferencia generacional evidente. “La mayoría de los que pagan en efectivo son personas mayores. Los jóvenes, desde los 18 años, normalmente vienen con la tarjeta”.

Mabel y Eli forman parte de la clientela habitual. Llevan más de quince años entrando en el establecimiento y saben que antes de pedir conviene comprobar el monedero. Lo curioso es que fuera de Grifone sus costumbres son muy diferentes. “Yo sinceramente soy de tarjeta para casi todo”, reconoce una de ellas. Sin embargo, hay dos gastos que continúa asociando a las monedas, “el café y el pan, no sé por qué, siempre en efectivo”. Para el resto prácticamente nunca lleva dinero encima.

Refleja una convivencia entre dos formas de pagar. La tarjeta aporta comodidad y permite resolver una compra incluso cuando no se lleva un euro en el bolsillo. El efectivo, en cambio, conserva para ellas algo más que una función económica. “Se pierde ese trato del dame la vuelta, cuánto te debo, el contar... toda esa experiencia”, explican.

También creen que existe una diferencia en la percepción del gasto. Cuando el dinero pasa físicamente de una mano a otra, resulta más sencillo saber cuánto queda. Con una tarjeta, el desembolso puede resultar menos visible. Es por ello que ninguna cree que un pequeño establecimiento deba estar obligado a disponer de datáfono.

Domínguez considera que la expansión de los pagos digitales amenaza la supervivencia del efectivo y advierte de que depender únicamente de medios electrónicos también implica riesgos.

Su postura puede parecer ir a contracorriente cuando gran parte de los consumidores salen de casa únicamente con el móvil, pero detrás de la barra la discusión se reduce a algo mucho más elemental, cuánto cuesta vender y cuánto queda después de hacerlo.

Mientras pagar con tarjeta se vuelve cada vez más habitual, allí un café se sigue pagando como hace décadas, unas monedas sobre la barra y una pregunta que se resiste a desaparecer, ¿cuánto debo?

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