“Un niño con TDHA sin medicar y sin apoyo es una bomba”
Tres padres de personas con TDHA ofrecieron ayer consejo a las familias en un acto convocado por Anhida
El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDHA) “no es como un brazo roto, no se ve y hasta que no llegas al diagnóstico sufres mucha impotencia”.
Esto afirma Laura Legerén, madre de un niño con hiperactividad que hoy se ha convertido en un joven de 23 años que trabaja, tiene sus amigos, su novia y ya no necesita medicación porque, “aunque se mueve más que un tiovivo”, aprendió a controlarse.
Tanto ella como Ricardo García y Celia Soengas son padres de niños con este trastorno y están en la directiva de la asociación Anhida, donde ayer relataron su testimonio, lleno de “luces y sombras” para familias, profesionales y personas interesadas en esta problemática con motivo del Día Nacional del TDHA.
“Yo sabía que era un niño distinto. Con cuatro años se autolesionaba en la guardería y no podía llevarlo a ningún sitio, pero en aquella época se diagnosticaba a los 6 años, así que tuvimos que esperar”, explica.
Finalmente, el diagnóstico fue “un alivio, porque ya tiene nombre y le puedes ayudar”. Tenía TDHA y Trastorno Oposicionista Desafiante. Sus primeros años en el colegio fueron duros. Critica la falta de empatía del colegio en el que estaba y también de algunas familias, porque oía comentarios del tipo “ahí viene la madre de ese niño malo”, de “ese niño maleducado”.
Era frustrante y para su hijo una pérdida de autoestima. Entonces lo cambió al colegio Atlántida de Bouzas, donde encontró el apoyo del profesorado, un factor que unido a las terapias de Anhida, logró que el niño cambiase por completo, empezó a aprobar y a sentirse mejor. Asegura que estos niños quieren portarse bien, pero su sistema ejecutivo está colapsado. “Hay que atenderlo, celebrar las microvictorias y dar pautas de una en una, porque si das 25 pautas se quedan con la última".
“Ancla de calma”
Una de las cosas que dijo ayer en la charla es que “hay que aprender a identificar los detonantes antes de que la crisis explote” y apuntó que la familia debe funcionar como “un ancla de calma” porque “si el adulto se altera más que el niño, el niño se va a alterar el doble”. Dijo también que es importante acompañar durante la crisis "sin juzgar ni castigar en caliente", y una vez superada “hablar de lo sucedido y buscar alternativas para la próxima vez”.
A su hijo le habían dado una discapacidad del 33% y esto le permitió obtener una beca para contar con apoyos, pero al cumplir 18 años se la quitan aunque “el trastorno no desaparece”.
Laura Legerén pide disculpas por la crudeza con la que expone la situación, al señalar que “estos niños sin medicación y sin los apoyos adecuados son como pollos sin cabeza y, dependiendo del grado que tengan, pueden convertirse en delincuentes en potencia porque son unos niños rechazados por la sociedad”.
Ahora se echa las manos a la cabeza cuando escucha a padres que deciden no medicar a sus hijos. “El niño se va a seguir rebotando y no va a entender lo que le pasa, a ver cómo lo controlan cuando tenga 18 años. Son bombas de relojería, su cerebro funciona de otra forma. Hay que aceptar la situación y pensar que el diagnóstico no es una identidad ni un destino. Eso hay que tratarlo y cuanto antes mejor”.
En cuanto a los recursos públicos para atender estos trastornos en educación y sanidad, considera que son escasos.
Desde la asociación Anhida, Raquel Felipe y Leticia Otero también destacan esa falta de medios y tiempo en la sanidad y en la educación pública para atender estos trastornos y critican que el umbral de discapacidad para conseguir una beca de apoyo sea del 25% porque queda fuera gente que lo necesita. Por otro lado, apuntan que un requisito para que estos niños tengan apoyo en el colegio es que suspendan, pero algunos no tienen ese problema y lo que necesitan es apoyo emocional antes de que llegue el fracaso escolar. “Les cuesta atender a algo que no les motiva, a veces bastaría con una clase más amena, o estar más pendientes de ese alumno o involucrarlo un poco más”.
Además, advierten sobre la decisión de algunas familias de no tomar medidas por “la falta de autoestima que desencadena”. Han visto niños que se revelan contra el mundo y se vuelven incluso agresivos, y otros que se encierran en sí mismos, empiezan a somatizar con síntomas como vómitos y no quieren ir al colegio, mientras en adultos puede derivar en adicciones o en trastornos como depresión. Las herramientas son medicación y terapia, y son diferentes en cada persona y en cada etapa de la vida.
Anhida ofrece apoyo psicoeducativo, psicológico y terapéutico tanto a las personas con este trastorno como a las familias. “Reciben mucha incomprensión”, aseguran. También trabajan con adultos que tienen estos trastornos para ayudarles a reconducir y reencaminar los síntomas que tienen en el día a día.
Además de esto, asesoran a los centros educativos que tienen alumnos de estas características.
Piden apoyo para un trastorno que afecta al 8% de la población
El TDHA es una alteración neurobiológica que provoca alteraciones en el aprendizaje y en el comportamiento del niño.
Es uno de los problemas psiquiátricos más frecuentes en la infancia y, según la OMS, afecta al 8,8% de la población mundial.
Son niños con problemas de atención, impulsividad y exceso de actividad, una situación que dificulta su interacción social y rendimiento escolar.
La Federación Española de asociaciones que atienden a estas personas lanzó una campaña con motivo del Día Nacional del TDHA con el lema “Cambiar tu actitud, cambia su futuro”. Explican que “un niño o una niña aprende a andar, a comer o a relacionarse cuando alguien le tiende la mano. El gesto es mínimo; el logro, enorme. Con las personas con TDAH ocurre lo mismo: cuando el entorno ofrece el apoyo adecuado, lo que parecía una barrera se convierte en un avance”.
En casa, el pequeño gesto es comprender en lugar de culpar. En el aula, adaptar, acompañar y confiar, sin que las dificultades se conviertan en castigos o etiquetas. En la adolescencia, seguir ofreciendo una red mientras se permite ganar autonomía. En el trabajo, asegurar entornos que comprendan y hagan ajustes cuando sean precisos. Y al envejecer, evitar atribuir a la edad lo que forma parte de toda una trayectoria.
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