Cuando Franco estuvo a punto de acabar con todo el oficio pero se murió poco antes

50 años de la muerte de Franco

A partir del atentado que se cobró la vida del almirante Carrero Blanco en diciembre de 1973, el ambiente político comenzó a deteriorarse al tiempo que se deterioraba el aspecto del propio Franco

Publicado: 20 nov 2025 - 00:18
Franco, en una visita a Vigo.
Franco, en una visita a Vigo. | NODO

Como tantos otros de los españoles que, a mediados de octubre de 1975 nos encontrábamos fuera del país, yo conocí los primeros signos de deterioro serio en la salud de Franco, por las noticias publicadas en los periódicos foráneos. En mi caso, aquellos fragmentados mensajes que sugerían la posibilidad de que Franco estuviera enfermo de verdad, los advertí perdidos entre las columnas de información del exterior de la prensa británica. Me había casado a primeros de aquel mes, poco tiempo después de haber recibido el nombramiento de redactor jefe de mi periódico, y mi mujer y yo estábamos pasando aquellos días en Londres antes de incorporarme a mi nuevo cargo. Cuando llegué a casa de vuelta, los rumores ya se habían disparado. El día 15 de aquel mes, el dictador sufría un infarto que fue prácticamente silenciado por el entorno del palacio del Pardo para tratar de mantener la normalidad en momentos de creciente preocupación, pero a partir del atentado que se cobró la vida del almirante Carrero Blanco en diciembre de 1973, el ambiente político comenzó a deteriorarse irremediablemente al tiempo que se deterioraba a ojos vista el aspecto del propio Franco y las especulaciones se sucedieron sobre todo aventadas por los teletipos que enviaban los corresponsales de prensa a sus medios en el exterior.

Los achaques ocultados

A partir de septiembre, y tras algunos achaques de Franco a los que tanto la prensa fiel como el propio gobierno consideraron de escasa importancia, el 27 de septiembre de 1975, y ante la protesta conjunta de varios países y la visión horrorizada de una gran parte de los españoles, cinco militantes del FRAP y dos de ETA fueron fusilados tras juicio sumarísimo en el patio del acuartelamiento de Hoyo de Manzanares. Franco apareció públicamente por última vez el 1 de octubre, asomado al balcón del Palacio Real en la Plaza de Oriente para tratar de sugerir al país que sus problemas de salud estaban resueltos, pero en realidad, el dictador estaba despidiéndose. Mis primeros días como nuevo redactor jefe del veterano y emblemático “El Pueblo Gallego”, fundado en enero de 1924 por Manuel Portela Valladares con mi entrañable compañero y amigo Juan Francisco Martínez Herrera como director, tuvieron como tema de indiscutible atención y arduo trabajo, el seguimiento de la larga y dolorosa agonía de Francisco Franco. El día 16 de octubre, Franco se empeñó en presidir el Consejo de Ministros a pesar de haber sufrido un infarto un día antes, y hubo de hacerlo monitorizado por sus médicos desde una habitación contigua. A finales de octubre, con Carlos Arias Navarro como presidente del Gobierno y Rodríguez Valcárcel en la presidencia de las Cortes y el Consejo del Reino, el dictador fue operado de urgencia en un quirófano de campaña instalado en su residencia de El Pardo y horas después, era trasladado al Hospital de La Paz que él mismo había inaugurado. Fue intervenido de urgencia, e internado en la UVI del centro médico con su yerno Cristóbal Martínez Bordiú convertido en coordinador in péctore de sus últimas horas -hay quien asegura que aprovechó su situación de privilegio para obtener unas fotos de los momentos finales de su suegro que vendió por una fortuna a la prensa norteamericana-mientras los medios de comunicación españoles y extranjeros tomaban posesión de las inmediaciones del centro aguantando a pie firme las comparecencias del llamado “equipo médico habitual” que capitaneaba el doctor Pozuelo.

El equipo médico habitual

Comenzó así una larga y tensa espera para todas las redacciones de todos los medios escritos, hablados o televisados que los periodistas, eternamente de guardia horas y horas de la mañana, la tarde y la noche, y pendientes de las campanas del teletipo, tratamos de organizar como mejor pudimos para que no seguir, muertos de sueño y de cansancio, la misma senda de aquel enfermo que se negaba a abandonar el mundo aunque según el presidente Arias, todo lo había dejado “atado y bien atado”.

Los periodistas, en mangas de camisa, alimentados de botes de cerveza y bocatas, matábamos el tiempo jugando al mus, a la brisca, al julepe e incluso al póker, con el oído pegado a la consola de los teletipos y la corbata echa un guiñapo. Así pasábamos las madrugadas hasta el 20 de noviembre, ya convencidos de que una de aquellas jornadas, el Generalísimo comparecería en las pantallas de televisión para decirnos que estaba milagrosamente sanado y que nos fuéramos todos a casa.

No hay mus

No fue así. La madrugada del día 20 de octubre alcé la mano y tiré la toalla. Pedí papas como se dice coloquialmente, y arrastrando los pies, bostezando y dando bandazos, me dirigí a mi casa y allí llegué reptando en busca de una cama. Cuando me estaba abotonando el pijama, sonó el teléfono de la mesilla. “Vuélvete que ya la ha palmado” me dijo una voz amiga y tan agotada como la mía. Era Juan Herrera quien me advirtió que el deber te llama. Eran las 6`30 de la mañana y cuando llegué, las máquinas ya echaban humo mientras los cañonazos de la guarnición militar confirmaban la crónica de una muerte anunciada a pesar de llegar con considerable retraso. Por fortuna y como Juan y yo recordamos con frecuencia, la primera ya estaba hecha. Hombres y mujeres previsores, los de “El Pueblo Gallego” la teníamos escrita, compuesta y fundida desde hacía dos semanas. Alguien se quedó con aquella teja histórica. (*)

(*) Para los colegas del oficio menores de cincuenta años, la teja pertenece al tiempo en el que los periódicos se construían en plomo. La teja era el equivalente a una página, fundida en metal, curvada y grabada a la inversa, que se colocaba en los rodillos de la rotativa previamente entintados, para imprimir cada plana.

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