Episodios vigueses
El hermanamiento de Vigo con una aldea de Groenlandia recobra actualidad
Vigo crece en población, crece en empresas que necesitan más trabajadores y la economía se desarrolla, pero hay un elemento que está distorsionando el mercado y es la escasez de vivienda. La aprobación del Plan General fue un momento de alivio, pero sus efectos no empezarán a apreciarse hasta que dentro de un par de años empiecen a salir esas viviendas, en proyecto o construcción, al mercado. El resultado es la escasez, la demanda supera la capacidad de producción.
Así que lo primero que se tensionó fue el alquiler, con precios disparados y colas para alquilar una vivienda, y ahora el fenómeno llega a la compra de casas: “Hay productos que ya ni salen al mercado, se venden antes”, explica Pablo Campos, socio de Beneite Inmobiliaria.
Los expertos aseguran que las listas de espera para alquilar, que ya hace tiempo que se han convertido en una tónica general en las inmobiliarias, se están viendo ya en las operaciones de compra-venta. “Incluso llegamos a tener lista de espera”, precisa el experto.
Los precios están disparados, suben tanto los de venta como los de alquiler y el principal problema para el sector “es que hay muy poco producto para comprar”, añade Pablo Campos.
La situación de escasez ha agudizado el ingenio y han aparecido fórmulas como convertir bajos comerciales en viviendas, también espacios que se estaban dedicando a oficinas, pero nada parece suficiente.
Hay un producto inmobiliario que destaca sobre el resto, la vivienda de dos dormitorios. “Si tienes un piso de dos dormitorios tienes oro y lo vendes en dos días”, asegura Pablo Campos. Así que recomienda “cuando quieres comprar hay que tener las cosas claras y saber lo que quieres e ir a por eso, porque vuelan”.
Sobre el futuro, a su juicio, en dos o tres años habrá obra nueva, tras la aprobación del PGOM, pero de momento no ve cerca que se distensie el mercado.
En los alquileres ya no hay nada por debajo de 500 euros, que suele ser el precio de un estudio. Para alquilar “la gente ya no pide zona, lo que haya nos dicen”.
La crisis de la vivienda obliga a vigueses a compartir piso ya entre familias. Es el caso de Katia Farroñan, peruana afincada en Vigo desde 2021, quien vivió durante dos años las dificultades para obtener un hogar propio y la necesidad de buscar refugio con su marido y sus dos hijos en donde sea.
Con apenas recursos, un viejo amigo del instituto en Perú les propuso utilizar el salón de su vivienda alquilada y, tiempo después, disponer de una habitación en el mismo inmueble por 300 euros, donde dormía toda la familia, incluido un recién nacido. “Era muy frustrante porque necesitábamos organización para todo. Hasta para despertar. Y todo eso lo mandaba él”, indicó Katia. La habitación apenas contaba con 7 metros cuadrados y solo había un baño.
Con un trabajo temporal para ella y su marido, el dinero no alcanzaba. Más aún si necesitaban enviar dinero a sus familias en Perú y la inflación en los precios de la comida golpeaba fuerte. “Sentíamos que éramos una carga para ellos, aunque realmente estábamos pagando el piso. Queríamos salir de allí, nos estaba afectando mucho a nuestra salud mental”, relataba Katia. Incluso su hija, con siete años, “empezaba a darse cuenta de las cosas y no le gustaba aquello”.
Katia y su familia tenían restringido el acceso a ciertos espacios de la casa, como el salón, y solo podían estar en la cocina y su cuarto, así como usar el baño. Una vez, solos en la vivienda tras unas vacaciones de la otra familia, vio unos papeles que se habían olvidado y comprobó que el piso no costaba 650 euros mensuales en total, sino 450 euros. “Nos estaban estafando y se lo dije. Pero lo negaron rotundamente. Era ilógico hacer eso, pero tal vez él se estaba cobrando de esa forma la ayuda que me prestó para poder arrancar aquí”, indicó Farroñan.
Llegó junio de 2023 y apareció un pequeño ático en sus vidas por 375 euros, en San Andrés de Comesaña, un lugar algo apartado del centro. “Me daba igual el hogar, yo solo quería salir de allí porque eso no se lo deseo a nadie. No es una mansión lo de ahora, pero es un espacio donde mis hijos son libres y donde a nosotros nadie nos puede decir nada”.
Poco a poco, la suerte les sonríe. Ella ha firmado contrato indefinido como cajera y su marido otro como camarero de pisos. Van amueblando su vivienda como ellos desean y los niños son más felices. “De ahí no me muevo”, confesaba. Pero su situación es favorable gracias a un casero que no busca aumentar la renta, porque si eso sucediese y se equiparase al mercado actual “no podría pagarlo. Tenemos que comer cuatro bocas, el colegio, la ropa y mandar dinero a nuestras familias. Sería imposible”.
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