El diploma de los vecinos a los que ayudamos al derribo del Scalextric

Episodios vigueses

Han pasado 40 años y una generación de vigueses no conoció aquel monstruo ni tampoco están vivos muchos de aquellos esforzados vecinos que se enfrentaron solos a aquel atentado urbano

Diploma en agradecimiento de los vecinos por el derribo del Scalextric.
Diploma en agradecimiento de los vecinos por el derribo del Scalextric. | Atlántico

Entre los objetos de mayor valor sentimental e histórico que guardo de mi etapa como periodista activo destaca un diploma que los vecinos de la calle Lepanto otorgaron a aquellas personas que, en la medida de nuestras posibilidades, ayudamos al derribo de aquella monstruosidad que fue el tristemente famoso monstruo que fuera el “Scalextric” de entrada de la autopista en Vigo hasta la gran vía. Fueron años de luchas, manifestaciones y trabajos para conseguir lo que se alcanzaría en 1986, si bien en parte queda el vestigio de aquella monstruosidad.

El diploma de agradecimiento dice: “Los vecinos en agradecimiento por su colaboración en el derribo del Scalextric de la calle Lepanto de Vigo”. Firma la comisión de afectados y lleva fecha 25 de mayo de 1986. O sea, que han pasado 40 años y una generación de vigueses no conoció aquel monstruo ni tampoco están con nosotros muchos de aquellos esforzados vecinos que se enfrentaron solos a aquel atentado urbano. ¿Se imaginan vivir en una casa y que a un par de metros de la misma pase una autopista a su mismo nivel? Se calculaba que el tránsito diario de vehículos por aquel punto sería de 2.500 al día. El paso elevado de enlace con la autopista tenía 9, 60 metros de ancho y estaba a una altura de seis metros sobre la calle Lepanto. El efecto no sólo afectaba a la vida ordinaria de los colindantes, sino que causó graves quebrantos en el comercio y vida social de la zona, en pleno centro de Vigo.

La lucha por lograr el derribo duró diez años inciertos. Recuerdo que los periodistas que cubríamos los acontecimientos de aquel tiempo, pródigo en manifestaciones, como la famosa del de diciembre de 1977, por la Autonomía, conservamos fotos de aquellos eventos y de nosotros mismos encamarados en aquel paso elevado que, por fortuna, nunca llegó a entrar en servicio. Tardaron dos años en levantarlo y el Estado invirtió 90 millones de pesetas de la época. En las primeras elecciones municipales de la democracia, en 1979, el derribo Scalextric se convirtió en el genérico argumento de la campaña electoral, en la que puso especial empeño Manuel Soto.

Por fin, el 24 de mayo de 1986 se llevó a cabo el acto de inauguración del derribo, y vimos a Soto y al ministro de obras públicas Javier Sáenz de Cosculluela hacerse una famosa foto manejando cada uno una taladradora. Fue una especia de acto triunfal, de la que los verdaderos protagonistas, los vecinos, tuvieron un papel discreto, protagonizado por los políticos. Los periodistas presentes, como yo mismo, lo destacamos en nuestras crónicas. En realidad, el derribo de verdad, técnicamente espectacular, tardaría varios meses. El modo de destruirlo originó un debate entre especialistas, por considerar irrealizable el uso de explosivos, por lo que se decidió el uso de medios mecánicos. El derribo costó 100 millones de pesetas, o sea, más que la construcción.

Como no había precedentes de nada parecido, fue preciso documentarse en otros países. Desmontar la lengua elevada empleó 20 días, que fue cortada en 48 piezas de 40 toneladas. El MOPU empleó a varias brigadas de especialistas, de unos 40 miembros de media y un espectacular equipo de grúas, radiales de platino para hormigón que había que cambiar cada poco. La parte central del conjunto se troceó en 33 piezas de 80 toneladas. Pese al ruido que tuvieron que soportar desde sus casas durante el derribo, los vecinos decían con humor que todo aquello les sonaba a música celestial. ¿Y a dónde fue el Scalextric a parar? Pues a la ría, al relleno de Bouzas donde descansa. Se cuenta que alguno de los vecinos más activos en la lucha para su derribo asistió a su sepultamiento.

Pero los vecinos de la calle Lepanto no quisieron dejar en el olvido a quienes los apoyamos en su razonable empeño y elaboraron un hermoso diploma que solemnemente fueron entregando a aquellas personas que estuvimos a su lado.

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