El capitán del ‘Simione’ exculpa al armador: “No me contrató él”

Tribunales

El juicio por el alijo del “Simione” comenzó ayer con la declaración de tres acusados y uno de ellos apunta a un culpable “que no quiero nombrar por miedo a represalilas”

Imagen de los acusados ayer en el banquillo de la macrosala. El armador del barco, Pedro G.F., está al fondo.
Imagen de los acusados ayer en el banquillo de la macrosala. El armador del barco, Pedro G.F., está al fondo. | J.V. Landín

La macrosala de la Cidade da Xustiza acogió ayer el inicio de la vista oral por el alijo del “Simione”, el barco pesquero que fue abordado en mar abierto con casi 3 toneladas de cocaína y que, presuntamente, se dirigía a Vigo. Declararon ante los magistrados de la sección viguesa de la Audiencia Provincial tres de los cinco acusados –los otros dos eligieron retrasar su declaración hasta el final del proceso, que durará unos cinco días–, siendo uno de ellos el dueño del almacén que fue registrado y en el que se encontraron paquetes de cocaína y heroína y los otros dos el capitán y el jefe de máquinas del barco.

El primero aseguró no conocer al armador del barco, al que Fiscalía pide 13 años de cárcel, y solicitó ser excusado del resto de las sesiones al no haber formado parte de la tripulación del pesquero.

La declaración más relevante fue la del capitán de la nave, José Antonio C.R., que se enfrenta a 11 años y 9 meses de prisión. Durante la misma, incurrió en varias contradicciones con lo que había declarado tanto en dependencias policiales como en la fase de instrucción de la causa. Entonces, había afirmado que el armador del “Simione”, Pablo G.F., era quien le había contratado para el trabajo. Sin embargo, ayer aseguró a preguntas del Ministerio Fiscal y del resto de letrados, sorprendidos con su cambio de testimonio, que “no fue él quien me contrató”, sino que fue obra “de una persona que no quiero nombrar por miedo a represalias”.

De este modo, indicó que “ahora digo la verdad” y que en esos momentos prefirió señalar al armador del barco en lugar de dar el nombre de esta persona “porque tengo familia”, dando a entender que esta podría correr peligro. Además, confirmó que en el “Simione” se produjo un motín a bordo poco después de salir de Senegal “cuando los tripulantes se dieron cuenta de que era una operación de droga” y durante esos momentos recibió una puñalada en el costado. De hecho, fue entonces cuando José Antonio asumió el rol de capitán del barco, un papel que no tenía cuando había embarcado, según su declaración.

Por su parte, José Javier F.V., jefe de máquinas del barco en el que se encontró el alijo, indicó que conoció a Pablo G.F. el mismo día que se enroló en el “Simione” y que no sabía que era un trabajo relacionado con el narcotráfico hasta que vio lo que le iban a pagar, unos 15.000 euros: “Entonces me imaginé que sería algo de droga”. También afirmó que el armador le indicó que le iba a dar unas coordenadas, que finalmente no se las dio porque él le dijo que no era su función, que se las diese al capitán.

La mala acústica de la macrosala complicó la vista

Como ya viene siendo habitual cada vez que un juicio de la Audiencia Provincial tiene que celebrarse en la macrosala de la Cidade da Xustiza, la mala acústica y la imposibilidad de entender lo que se dice durante las declaraciones de los acusados y testigos y, especialmente, lo que preguntan letrados, fiscales y magistrados condicionó gran parte de la sesión y fue objeto de queja por parte de diversas personas.

Esta vez la mala acústica se juntó con los problemas de audición de uno de los acusados, en concreto el jefe de máquinas del “Simione”, quien llegó a decir a la presidenta del tribunal que “estoy como una tapia” mientras preguntaba que le repitiera las preguntas que le hacía el fiscal. Este acusado comenzó su declaración frente al estrado, pero aseguraba no enterarse de lo que le estaban preguntando y ni siquiera los esfuerzos de la presidenta del tribunal y del fiscal de acercarse a los micrófonos y hablar más alto surtían efecto: el hombre insistía en que no entendía nada de lo que le estaban diciendo. El tribunal optó, entonces, por permitirle subirse al estrado a pocos metros de jueces y letrados. Ni siquiera entonces era el fiscal capaz de comunicarse con el hombre, que sólo atisbaba a comprender las preguntas cuando la magistrada se las repetía en alto. La última solución fue, finalmente, acercar al acusado al asiento del fiscal, a uno o dos metros. Fue entonces cuando pudo comenzar a declarar con normalidad y cuando fue el turno de los letrados, hubo que mover de nuevo al acusado y al micrófono que captaba su declaración a pocos metros de los abogados defensores para que este pudiera saber qué les preguntaba.

Precisamente el propio fiscal lució durante toda la parte de las cuestiones previas unos cascos. Esta solución ya comienza a extenderse entre todos los usuarios de la macrosala y la primera en hacerlo fue la abogada Ana Reguera, que durante las cuestiones previas de la vista por la trama de las narcolanchas decidió colocárselos para poder mitigar la abundante reverberación que hace imposible entender lo que se dice en el estrado: “La diferencia es absoluta, ahora se escucha de maravilla, sin problema ninguno”, afirmaba esta letrada. Para los que escuchan en la bancada no hay solución posible.

Contenido patrocinado

stats