Holmes y Watson, la pareja más universal

El verdadero Watson no puso objeción alguna a que se utilizara su nombre para bautizar un personaje de ficción

Otra de las grandes obras de Paget. La pareja viaja en tren a la caza de los Baskerville.
Otra de las grandes obras de Paget. La pareja viaja en tren a la caza de los Baskerville.

Cuando el médico y escritor británico Arthur Conan Doyle se propuso el desarrollo de un conjunto de relatos de ámbito policiaco protagonizados por una pareja de investigadores que basaran su tarea en el uso de su inteligencia y su capacidad de deducción en lugar de apelar a la acción y la violencia ambas tan en boga en las novelas de aventuras de la época, ni el detective Sherlock Holmes se iba a llamar así ni su ayudante John Watson estaba destinado a hacerse famoso con un nombre tan común en la Gran Bretaña. Según las notas redactadas por el propio autor durante la tarea previa de esbozar a sus universales criaturas, el detective consultor de Scotland Yard iba a llamarse Sherringford Hope, aunque en algunos apuntes se elide la letra g y se le denomina Sherrinford simplemente. El caso de John Watson necesitó una mayor maduración partiendo de una primera idea, -denominarlo Ormond Shacker- nombre y apellido que no le convenció en absoluto y que fueron prontamente desechados por complejos y poco propicios para recordarse con facilidad. Tras algunas combinaciones sin mucho éxito, Doyle resolvió otorgarle un nombre y un apellido que sonara a médico de verdad. Y acabó inspirándose en un compañero de promoción en la Escuela de Medicina llamado James Watson que, al también médico Conan Doyle acabó pareciéndole muy adecuado y muy propio de su ámbito profesional.

El verdadero Watson no puso objeción alguna a que se utilizara su nombre para bautizar un personaje de ficción, pero el autor, no enteramente satisfecho del resultado y convencido de que debería construir una criatura más natural y sin complicaciones ni rincones procelosos en su carácter, acabó sustituyendo James por John y colocando una H entre el nombre y el apellido que le otorgara cierta prestancia. El significado de la inicial no ha sido nunca completamente despejado, pero los expertos en la materia, que han leído, interpretado, descodificado y desmenuzado por entero toda la obra del escritor en referencia a su universal detective y su no menos universal ayudante, han dado en suponer que corresponde a Hamish, el equivalente gaélico de James, lo que introduce en el personaje una raíz escocesa que homenajea al propio Conan Doyle, nacido en Edimburgo en mayo de 1859. Watson contrae, durante la saga compuesta por cuatro novelas y cincuenta y seis relatos cortos, matrimonio tres veces tras quedarse viudo temprano en dos ocasiones, y en la obra “El hombre del labio torcido” su segunda esposa, Mary Motland, lo llama frecuentemente y con cariño, James en lugar de John, señal que a los seguidores del mito les resulta suficiente para elegir la solución Hamish.

El testigo presencial

Arthur Conan Doyle comenzó a escribir sus historias policiales con Holmes y Watson como protagonistas en 1887, nada más llegado para residir en Londres donde proyectaba abrir una consulta de oftalmología, iniciándose con el relato “Estudio en Escarlata”, una primera aventura que el autor aprovecha para introducir a sus personajes y hacerlos coincidir en el Londres bullicioso y victoriano del último tercio del XIX, la ciudad que acabará glorificándolos como hijos preclaros y predilectos con estatua en la parada de metro próxima a su vivienda de ficción hoy convertida en casa museo.

Doyle relata al lector a través de su trama, las circunstancias del encuentro entre ambos. Lo hace utilizando al médico como relator en primera persona, una fórmula que presidirá prácticamente y salvo ligeras excepciones –el libro que cierra definitivamente la saga, titulado “El problema final” es una de ellas- toda la obra de Doyle protagonizada por el famoso dúo en el que muchos analistas encuentran disimulada la verdadera fuente de inspiración debida según esta teoría a don Quijote y Sancho Panza. Por tanto, John Watson actúa como el sujeto que cuenta la historia porque es testigo de excepción en su desarrollo. Se supone que mientras Holmes resuelve un caso y lo olvida por completo a la espera de un nuevo desafío que ponga a prueba sus dotes deductivas, Watson es un cuidadoso y contumaz notario del momento, capaz de tomar notas durante el proceso investigador, para luego escribirlo y publicarlo. Amigos fieles y sin fisuras, guardan sin embargo protocolariamente las formas. Por ejemplo, se tratan siempre por el apellido,

El doctor asistente

Ambos se encuentran por primera vez en la primavera del 1881 según especifican las páginas iniciales del relato “Estudio en escarlata”. John Watson había sido repatriado desde Afganistán donde servía como capitán médico en el 5º Regimiento de Fusileros de Northumberland hasta que la bala de un guerrillero afgano le produjo una herida que casi le cuesta el brazo, un tifus demoledor se le cruza en la convalecencia, y una cojera psicosomática le condena a desplazarse apoyado en un bastón hasta que se convence por sí mismo de que puede caminar solo tras largo tiempo renqueante.

Perteneciente a una familia de clase media alta procedente de Hampshire, Watson se había graduado en 1878 como médico en Oxford y siguió su preparación en la escuela de Netley para acceder al cuerpo de médicos militares. Sencillo, cortes leal, pero completamente traumatizado por su experiencia en los campos de batalla, el doctor Watson era un personaje tímido y solitario al principio de la saga, tenía un hermano llamado Henry víctima del alcoholismo, muchas cicatrices en el alma y muy pocos peniques en el bolsillo, cuando un amigo común, el doctor Stamford del Hospital de Saint Bartholomew, le presentó a un sujeto alto y de perfil ascético, que acudía al establecimiento para hacer prácticas de medicina forense y que ejercía como detective consultor externo habitualmente para ayudar a Scotland Yard. Necesitaba un compañero con el que compartir las habitaciones que acababa de rentar a magnífico precio situadas en el 221 B de Backer Street en el distrito de Marylebone, y cuya casera, la afable y paciente señora Hudson, habitaba el piso inferior. Por tanto, le propuso a su nuevo compañero compartir vivienda. Watson, que acababa de abandonar un confortable hotel londinense porque se le habían acabado los ahorros, se mostró muy receptivo y ambos se prepararon para vivir juntos. Lo hicieron durante más de veinte años con periodos intermedios de alejamiento por los matrimonios del médico. Su socio, solterón empedernido y declarado, pone pronto al descubierto sus grandes virtudes y sus múltiples defectos que jalonan y complican en ciertos momentos la apacible vida en común de ambos.

El detective asesor

Ese hombre alto, ascético, de pómulos elevados, nariz aguileña y gesto circunspecto es, naturalmente, Sherlock Holmes, uno de los personajes más famosos de la literatura universal y un carácter imprescindible para entender los ancestros de la novela policiaca. ¿Pero quién es en realidad este extraordinario personaje?

Según las semillas de escasa información sembradas por Doyle a lo largo de sus relatos, Sherlock Holmes es un sujeto de más de seis pies de estatura –en torno al metro ochenta y cinco según nuestro sistema decimal- doctorado en Física y Química probablemente por Cambridge, excelente boxeador, experto en apicultura, extremo conocedor de las múltiples variedades del tabaco como compulsivo fumador a su vez, y violinista aficionado que solo desenfunda su Stradivarius en los momentos de inactividad y holganza. Aquejado de melancolía cuando esto ocurre, alterna días de existencia vegetativa y pasiva duermevela con iracundas postraciones atemperadas por el consumo de cocaína en soluciones al 7 %, una práctica que enerva a su compañero de residencia quien, como doctor en Medicina, se horroriza por semejante y nocivo hábito.

El detective consultor tiene un único hermano llamado Mycroft, tradicionalmente conocido por su extravagante y sedentaria vida mayoritariamente transcurrida en las instalaciones del exclusivo Club Diógenes del que es presidente, pero la realidad es que Mycroft trabaja secretamente para el Gobierno y es el responsable máximo del gabinete de Inteligencia al servicio de Su Majestad la reina Victoria, que lo recibe sin cita previa en palacio, en quien confía ciegamente, y al que adora.

Por su parte, el hermano pequeño del responsable máximo de la Inteligencia del Reino Unido es un misógino que, sin embargo, suele soñar secretamente con una hermosa mujer. El autor concibió un alter ego femenino para su criatura en la forma y perfil de una bella artista de vodevil, de nacionalidad norteamericana, guapa, ágil, imprevisible, irresistible y sumamente lista llamada Irene Adler, una de las pocas personas en el mundo que puede vencerlo en desafíos mentales. Presente por primera vez en el episodio titulado “Escándalo en Bohemia” datado en 1891 y segundo en la secuencia de las obras, en su texto se la da por muerta, pero muchos estudiosos del mito suponen que en un tiempo anterior Adler y Holmes pudieron haber protagonizado un breve pero intenso romance que pudo acabar en boda y en posterior y rápido divorcio.

Contenido patrocinado

stats