José Teo Andrés
Populismo, gasolina y veneno
Las comisiones del Senado se han convertido en el mejor recordatorio de que, para sobrevivir en política hay que saber entrevistar. Cada sesión es un late night involuntario donde los senadores, armados con preguntas que parecen escritas por un guionista con prisa, intentan sonsacar la verdad a comparecientes que dominan el arte milenario de no decir nada en tres párrafos.
Las comisiones, en teoría creadas para esclarecer asuntos públicos, han terminado demostrando que el país necesita menos leyes y más periodistas infiltrados porque el público en casa solo espera que alguien, por fin, formule la pregunta sin rodeos y sin ese tono que dice yo ya sé la respuesta, pero te la voy a pedir igual. Para presidir una comisión hace falta un curso intensivo de entrevista incisiva, con módulos de cómo evitar que te respondan con una metáfora y detectar el momento exacto en que el compareciente empieza a patinar.
El ex presidente Zapatero nos ha traído que los sillones del Parlamento tienen memoria muscular y que existe un fenómeno sociopolítico digno de estudio antropológico sobre los ex–altos cargos que jamás se retiran. No se jubilan, no descansan y no se van al Consejo de Estado. No. Ellos evolucionan, como los Pokemon, pero hacia profesiones mucho más lucrativas como consultor, lobista y, la más prestigiosa de todas, conseguidor profesional. El proceso es casi biológico. El día después de dejar el cargo, el ex–presidente de turno despierta preguntándose, ¿y si ahora me dedico a asesorar a empresas sobre cómo navegar un sistema que yo mismo diseñé? A partir de ahí, la transformación es imparable y pasa de inaugurar rotondas a inaugurar PowerPoint. Cambia el coche oficial por un chófer en prácticas pagado por una fundación. Y sustituye los discursos institucionales por frases como: Te lo miro, déjame hacer un par de llamadas o esto lo arreglo yo.
El lobista es una figura casi mística. No aparece en los organigramas, pero todo el mundo sabe que existe. Se mueve entre despachos con la elegancia de un gato y la discreción de un ventilador apagado. Su herramienta principal no es la influencia, sino la agenda de contactos, que pesa más que un diccionario enciclopédico. Los lobistas no venden favores, venden posibilidades. Son como meteorólogos políticos porque nunca aciertan del todo, pero siempre cobran. El conseguidor es el nivel supremo. No necesita cargo, ni tarjeta, ni despacho. Su oficina es cualquier cafetería con servilletas donde pueda dibujar un organigrama improvisado. Su frase favorita dice esto está hecho. Nadie sabe cómo lo hace. Nadie sabe si realmente lo hace. Pero todo el mundo le paga para que lo haga.
José Luis Rodríguez Zapatero revisó tres teorías. La del vacío existencial que habla de lo difícil que es pasar al anonimato después de años con escolta, protocolo y micrófonos. El silencio de la vida civil, es evidente, que le provocaba alergia. Le gustó la Teoría del síndrome del pasillo porque necesitaba seguir caminando por paredes enteladas y unió, como colofón, adscribirse a la Teoría del ya que estoy. Esa que encaja con los que han pasado media vida diciendo a otros lo que tienen que hacer y se preguntan, ¿cómo voy a parar ahora?
Los ex–líderes son como botellas retornables, pero con traje y un máster en influencias aplicadas. Y mientras exista alguien dispuesto a pagar por un “te lo muevo”, ellos seguirán ahí, eternamente activos, eternamente disponibles, eternamente conseguidores.
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