Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
Decía el alcalde de Madrid que Antonio Palacios fue “un visionario” y que la Gran Vía capitalina bien podría llevar el nombre del arquitecto porriñés por la cantidad y calidad de los edificios que se levantan a lo largo de la avenida. Tiene toda la razón. Fue un visionario y su mayor obra, su meta soñada, la expresó en Vigo, donde diseñó una ciudad adelantada a su tiempo que nunca llegó a convertirse en realidad. Su Plan de Urbanismo, el primer fracaso de una larga serie, tenía como meta hacer de Vigo una ciudad de verdad, la “Barcelona del Atlántico”, en sus palabras. Palacios no se andaba con medias tintas: su proyecto era comenzar desde cero, tirando todos los edificios que había en ese momento, años 30 del siglo XX, con dos excepciones: el García Barbón, que era obra suya, y la Colegiata, porque era un templo neoclásico. El resto, a la piqueta, incluyendo los castillos de Santa María del Castro y San Sebastián y todo el Casco Vello y O Berbés. Todo. La Corporación de la república dio su visto bueno, pero fue inútil: no había dinero para semejante empresa ni tampoco respaldo, así que tras su aprobación por el pleno municipal, todo terminó. El inicio de la guerra acabó con la anulación y ahí acabó cualquier posibilidad de que Vigo fuera lo que soñó Antonio Palacios, quien lógicamente resentido, pronosticó que Vigo no pasaría de ser una confederación de aldeas: 80 años después todavía estamos cosiendo trozos de la malla urbana, con notables islas por todas partes, como A Seara, Os Pelayos y Castro Castriño, ámbitos que se repiten de Plan en Plan. Y muchos más. Ni siquiera Vigo ha conseguido sacar adelante la conexión, que Palacios ya contemplaba, con Samil, conformando un todo mediante una gran avenida. Mucho menos trazar vías urbanas perpendiculares a la Ría -Colón y Coruña son dos excepciones- y no hablemos de los grandes edificios institucionales que imaginó: el palacio municipal, que estaría donde el actual consistorio, pero con un estilo espectacular monumental, nada que ver con el bodrio de la plaza del Rey, y el palacio regional, en la cima del Castro, que no sería sino el Parlamento de Galicia. No lo contemplaba en otra parte, y eso que entonces no había Estatuto de Autonomía.
Acertó en casi todo, pero así es Vigo.
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