El viajero

Publicado: 21 feb 2026 - 03:00
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Opinión. | Atlántico

Con el presidente Sánchez voluntariamente alejado los más posible del territorio nacional que preside y dispuesto a dejar en el núcleo de la discusión a sus leales a los que exige obediencia plena y sacrificio sin límites a cambio de permanencia, el país sigue su marcha y se acomoda a una situación cada vez más insensata que pregona escenarios límite. Es cierto que el presidente es dueño absoluto de vidas, haciendas y expectativas profesionales de aquellos que lo rodean, y en esta exquisita función de viajero incansable con deseos a menudo no correspondidos de influir en la política mundial, prefiere que los leales se batan en el áspero ruedo doméstico mientras él olvida estos aspectos del poder que implican duelos parlamentarios, tragos desagradables, peleas con la oposición y disgustos promovidos incluso por los de casa, y recorre los cielos rodeado de un nutrido séquito, impartiendo lecciones de ética y tratando de convertirse en una figura clave en el desarrollo de la alta política aunque luego no le inviten a reuniones clave y se cuele de rondón en las fotos de familia.

Sin embargo, las cosas en el plano doméstico no son boyantes, y este último y lamentable episodio que afecta a Marlaska y que propone la necesidad de que el ministro más veterano del gabinete se exprese con más convicción y verdad de lo que lo ha hecho –hace años era un juez respetado y admirado por su ejemplar comportamiento- expresa muy claramente que el andamio flojea, va camino de derrumbarse y su desplome va a pillar al presidente en cualquier lugar de la Tierra menos en el que debe estar.

De hecho, el diputado que un día dijo que estaría dieciocho meses en Madrid y lleva ya diez años y que se llama Gabriel Rufián, -independentista en castellano, y ex teletrabajador de una agencia de Trabajo Temporal- ha resuelto estructurar un plan de reunificación de la izquierda a la izquierda para convertirse en su estrella y procurar dar una batalla improbable de autonomía en autonomía. El acto de presentación fue de una pobreza dialéctica inimaginable y más simple que el mecanismo de un chupete. Pero que sepa el viajero que, en su ausencia y como dijo Galileo, algo se mueve.

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