Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
La repentina muerte del Papa Francisco ha paralizado cualquier otro movimiento en el mundo. Su trascendencia se detecta en el mismo momento en que se produce, y trastoca todas las situaciones que hasta ese momento absorbían la actualidad y movían los hilos del comportamiento social, político, económico, financiero e incluso cultural a lo largo de los cuatro continentes. Nadie recuerda la importancia del proceso que se abre a la muerte del pontífice máximo de la Iglesia católica hasta que no se produce, y cuando ocurre se percibe hasta qué grado se eleva su influencia. Incluso en el caso de Francisco, el heredero de Pedro que menos deseos tuvo de ser famoso y disfrutar de un estatus incomparable en toda la historia de la Iglesia católica incluyendo al propio Pedro, a cuya figura me he aproximado yo gracias a los apuntes cedidos por un buen amigo mío, un agnóstico ilustrado al que fascina la investigación de la figura de Cristo no como deidad sino como lo que realmente fue, un profeta de perfil combativo e ideas revolucionarias que tuvo la virtud de sacar de sus casillas a la autoridad competente.
Jorge Mario Bergoglio, el jesuita argentino que estudió en Alcalá de Henares, que era hincha perdido de Atlético San Lorenzo y que dejó huella de santidad en los barrios más necesitados de la ciudad de Buenos Aires, no ha querido fastos, ni pompa ni circunstancia ni siquiera en el momento postrero. Y para ello, dejó dicho cómo quería marcharse y como quería ser despedido, pero el tránsito como ocurre siempre que se presenta la ocasión, ha devuelto al papado la oculta trascendencia que realmente tiene. Y sobre todo, recobra la fastuosidad, el misterio, la importancia, la luz y la sombra que caracteriza a la arcana política vaticana y su insondable peregrinaje por los pliegues de la historia. Sospecho que el curita del barrio de Flores que un día fue ascendido a Sumo Pontífice porque la necesidad acuciaba y su perfil era el, adecuado para reafirmar y consolidar la Iglesia en un determinado cuadrante del mundo, ha sido un verso suelto que ha cumplido su misión y no volverá a repetirse. Sospecho también que ahora toca volver al tiempo de silencio y a la reposición del viejo orden, la ceremonia, el fasto y el recogimiento. ¿Un Papa italiano quizá?
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