Un verano, dos veranos, tres veranos
El verano es para muchos entre los que me cuento, la estación más placentera del año. Es una etapa disfrutona y apacible, de cara a la naturaleza, con sol, arena y agua para los que les guste el mar y sendero, bosque, pinos y mochila para aquellos que prefieran pasarlo en la montaña. Días interminables, atardeceres hermosos, copas de madrugada, calorcito en la piel, en las venas y en el alma, una toalla, un buen libro, una partida de mus y unas cervecitas fresquitas a cuyos encantos nadie en su sano juicio puede sustraerse, configuran un escenario imbatible, esté uno en Hawái o en la península de O Morrazo que, para gozar de la brisa y el olor a sal, tanto da un lugar que otro. Si tuviera que elegir me quedó con el segundo sin el menor género de dudas.
El verano, sobre todo para los que vamos teniendo más años de los que podemos contar de memoria, el verano es también reducto de dulce y suave melancolía porque, indefectiblemente, uno recuerda que algún día fue joven y que ejercía del mismo modo que los que ahora lo son y rodean a un sujeto más bien tirando a caduco que los contempla añorando, aunque entonces no hubiera telefonía móvil, ni redes, ni influencers ni tiktokers y había que parar en una cabina para llamar a casa. Pero el agua era prácticamente la misma, la arena tenía el mismo color dorado, las islas Cíes estaban en el mismo sitio e incluso eran mucho más accesible en aquellos tiempos, y en general a primera vista, yendo al bulto y sin pararse en detalles, el panorama era muy parecido. Íbamos a discotecas playeras -.una de las cuales ardió como una tea una noche sin que aún hoy en día sepamos el motivo- nos bañábamos en pelota de madrugada, escuchábamos y bailábamos nuestra música –aún la seguimos escuchando- y tocábamos la guitarra. La mayoría la seguimos tocando.
Todas estas reflexiones apenas tienen motivo si no es aquel que pretende convencernos de que por mucho que el tiempo pase las cosas tienen un punto de partida similar. Y, por otra parte, nos otorga autoridad bastante para recordar los viejos y buenos tiempos en los que uno vivía con el día siguiente por frontera y sin saber ni querer saber lo que vendría detrás. Así, uno, dos, tres veranos… o más.
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