Fernando Jáuregui
El chavismo sigue intacto
Ante la alerta de un buen amigo venezolano, hace casi veintitrés años, en septiembre de 2003, un grupo de periodistas españoles visitamos el país caribeño. La intención no era otra que alertar de la deriva del gobierno instalado en Miraflores desde hacía apenas un cuatrienio. Entonces aún era posible actuar con una cierta libertad y el régimen dejaba entrever motivos para una inquietud que derivó en dictadura y que obligó a millones de ciudadanos a abandonar aquel paraíso natural. El resto es historia, una historia que acaba de dar un vuelco dramático con la reciente intervención de Estados Unidos, un desenlace forzado -no sabemos si legalmente- por la terquedad del totalitarismo.
Conviene recordar episodios pasados, no para instalarse en la emotividad, sino desde la exigencia de la reconstrucción. Ahora que el escenario ha cambiado radicalmente, es imperativo recuperar la cultura usurpada y las economías expropiadas a golpe de capricho de unos líderes que, finalmente, parecen haber perdido el control.
El lenguaje universal es el silencio. En él permanece la respuesta a toda incógnita humana trascendente. Si alguien tenía alguna duda de la naturaleza del “conductor” de Venezuela, el bloqueo informativo que decretó durante años el régimen de Nicolás Maduro fue la evidencia suprema. Al ordenar a las televisiones y emisoras “sacar del aire” los informativos para transmitir música a través de CONATEL, intentó imponer un vacío.
Esa “asfixia comunicacional”, denunciada tantas veces, nos recuerda lo que Ignacio Ramonet, tan protagonista en esta ocasión,definía como “censura por acumulación”. El mismísimo Jorge Luis Borges nos enseñó que el olvido y el silencio pueden ser formas de administración de la realidad, y que “la censura es la madre de la metáfora”. En Venezuela, ante la imposibilidad de hablar, el pueblo aprendió a gritar con los gestos.
En el silencio impuesto permanecía la respuesta a toda incógnita sobre el régimen. En ese callar interno se produjo la corrupción petrolífera, se construyeron las pistas de los narcos en la selva y se explotaron minas de diamantes de sangre, como conocimos directamente en la Selva del Carona, en la tierra de los Nonay Tepuy y de nuestro amigo Tarsicio. La respuesta internacional fue tibia durante demasiado tiempo, mientras el exilio se imponía en uno de los países más prósperos de América Latina.
Tuve ocasión de disfrutar del paraíso terrenal en tres ocasiones, cuando Venezuela aún pervivía en su naturaleza. Recuerdo vivamente una anécdota que hoy cobra un sentido profético. En la selva, en territorio de los pemones y bajo la sombra de los tepuyes, conocí al citado Tarsicio. Nos recibió vestido con una camiseta que lucía un enorme logo de la CIA. Cuando pregunté si pertenecía a la Agencia, mis compañeros rieron y dijeron que lo ocultaría. Les respondí que precisamente llevarlo tan visible demostraba que era cierto: el mejor escondite es la evidencia. Hoy, con la intervención militar estadounidense consumada sobre el terreno, aquella camiseta de Tarsicio deja de ser una curiosidad para convertirse en la metáfora de un destino que se ha cumplido. La selva, que fue convertida en Sodoma y Gomorra por el turismo vicioso y luego abandonada a las mafias, observa ahora este nuevo ciclo.
El régimen dictatorial, apoyado en la fuerza y la coacción, ha colapsado. Los medios y los periodistas locales cumplieron su papel heroico de denuncia hasta donde les fue permitido; sin ellos no habría memoria democrática.
Antes de morir, el patriarca literario de Gabriel García Márquez descubrió que la soledad del poder es infinita. No recurramos a Hamlet para este final. El déspota venezolano se enfrenta ahora a su propio “Otoño del Patriarca”, ahogado en una realidad que intentó negar. Tras su caída, el chavismo dejará los rescoldos de un país dividido, pero el silencio impuesto ya no será su última palabra. Como escribiría Mario Benedetti, el olvido está lleno de memoria. Venezuela huele a tierra revuelta, pero por primera vez en mucho tiempo, el miedo empieza a cambiar de bando. La libertad, aunque llegue de la mano de una intervención traumática, quizás difícilmente justificable en lo legal, reclama su espacio.
Contenido patrocinado
También te puede interesar