Victoria Lafora
El secreto de las joyas
En el Salón de París de 1850, el gran pintor del realismo, Gustave Courbet, presentó su obra maestra: «Entierro en Ornans». Más allá del escándalo que provocó al haber dado el tratamiento, en formato y estilo, de una pintura de historia a lo que no era sino un suceso común, un entierro en una villa rural, la pieza muestra en toda su crudeza la despedida de los habitantes del pueblo a uno de sus vecinos, posiblemente el abuelo materno del artista. No hay más que detenerse a observar con atención el rostro de los personajes retratados para darse cuenta de la gravedad del acto.
Ciento setenta y seis años después nada es igual. En la actualidad, los velatorios que tienen lugar en los tanatorios (la gran mayoría, pues a casi nadie permiten morir en su casa para no publicitar la inevitabilidad de los decesos) se parecen más a la salida de un cine o de un teatro —situación en la que los espectadores charlan distendidamente entre ellos sobre el filme o la representación que han visto— que a un entierro; hasta el punto de que no es inusual que el personal de estos centros se vea obligado a exigir a los presentes guardar silencio y mostrar un mínimo respeto hacia el difunto.
Y es que al infantilismo político propio de esta época se le debe añadir la cada vez mayor infantilización del hecho de morir. Ahora no reconocemos que alguien falleció, decimos: se fue, nos ha dejado, no está con nosotros…; expresiones cuyo propósito es no llamar a las cosas por su nombre —lo cual conlleva no saber con exactitud a lo que nos referimos ni la importancia de lo que ha ocurrido—, para permitirnos creer que en algún momento nos podremos encontrar al finado en la calle o durante las vacaciones. Esto es; nos autoengañamos transformando lo que es un final en una ausencia.
La infantilización del hecho de morir se complementa con la prolongación indefinida de la vida que los científicos (esos prestigiosos individuos de, salvo extraordinarias excepciones, escasa capacidad racional pero enorme capacidad de trabajo) prometen a los plebeyos medrosos y crédulos a través de los medios de comunicación de masas.
Esos enanos del conocimiento, si bien gigantes del método, están obsesionados no tanto en mantener la juventud del cuerpo en la veintena (supongo que lo consideran inviable, o no conveniente por la concupiscencia de los jóvenes) como en conseguir el enlentecimiento de la decrepitud propia de la vejez durante centenares o miles de años, lo que deviene incomprensible ya que todo el mundo se queja de hacerse viejo. Sin embargo; se están empeñando en prolongar, en un breve lapso de tiempo, la existencia del hombre hasta los ciento cincuenta o doscientos años. De momento.
¿Es que nadie se da cuenta de las limitaciones físicas y síquicas de una persona de más de cien otoños?
¿Por qué no nos preguntamos cómo afectaría una vida expandida a la mente además de al cuerpo? ¿De qué modo condicionaría la percepción que tenemos de nosotros mismos y de los otros, y cómo influiría esa supersobrevivencia en nuestra pertenencia al grupo social que nos acoge? ¿Cuál es el motivo por el que se oculta que el «privilegio» de la longevidad extrema sería una opción solo para unos pocos elegidos por la lotería genética y por su condición económica?
Es cierto, no obstante, que el cuerpo podría llegar a aguantar, mal o peor, lo que le echen, como afirma un dicho popular; mas no así la mente, que con el transcurso de las décadas nos advierte de forma inconsciente, preconsciente y consciente, de que somos —y hemos de ser— finitos, incluso ella misma, dado que se deteriora progresivamente y sin remisión, además de no soportar la soledad y el dolor que le generan la desaparición de la totalidad de las personas que hemos conocido, apreciado y amado a lo largo de nuestro recorrido vital, así como de los escenarios que conformaron nuestra memoria, ni el ineludible hastío: ese eterno retorno sin fin de lo siempre igual.
Sufrir y morir constituyen las dos esencias que nos identifican como la especie animal que somos, por muy «Homo sapiens» que nos sintamos. Dos esencias inmanentes al ser humano, aunque algún día logremos convertirlo en otra cosa, en un ente con más de ser que de humano, que es en lo que deriva la vejez extrema.
Jonathan Swift nos dejó lúcidas reflexiones sobre esta cuestión en «Los viajes de Gulliver», libro publicado en el mes de octubre de 1726, unas semanas antes de cumplir los 59 años. A continuación transcribo las que estimo más significativas referentes a los «struldbruggs» (los inmortales del reino de Luggnagg):
«A los noventa años se les caen los dientes y el pelo, y no distinguen el sabor de los alimentos: comen o beben lo que sea sin experimentar gusto ni apetito. Las enfermedades a las que están sujetos no evolucionan más, se estancan. Cuando hablan olvidan las denominaciones corrientes de las cosas y los nombres de las personas, incluso los de sus parientes y amigos más íntimos. Por la misma razón no se entretienen con lecturas porque cuando acaban de leer una frase no se acuerdan del principio, y este defecto los priva de la única diversión a la que sin él podrían entregarse».
«Jamás había visto nada de aspecto tan repugnante, aunque las mujeres eran aún más horribles que los hombres. Además de las deformidades naturales de la edad avanzada, adquirían una palidez cadavérica, más acentuada cuantos más años tenían, de la que no puede darse idea con palabras».
Reconociendo que no resulta sencillo, y lograrlo puede ocuparnos toda la vida, debemos asumir nuestra muerte con la misma naturalidad con la que asumimos nuestro nacimiento (ambos hechos no solicitados, los cuales no podemos impedir, pero que son los más transcendentales de nuestra existencia): con resignación y con dignidad. Ya lo aconsejé en uno de los aforismos de mi libro «80 Estados de WhatsApp» (2024):
«Es preferible morir sufriendo que sufrir muriendo».
Contenido patrocinado
También te puede interesar