Miguel Anxo Bastos Boubeta
O fim do império americano?
Pues resulta, dilecta leyente, que el más aplicado de mis becarios me sorprendió con su intención de dedicarse al Derecho Penal, porque "quería ganar mucho dinero". -O sea,- le dije-, que tienes ánimo de lucro; pues entonces conságrate al Mercantil.
Sin embargo, me sometió a una despiadada persecución dialéctica para tratar de convencerme de las bondades de ser criminalista, y para convencerle de su ingenuidad le propuse que se mirase en el espejo del despacho. Y, claro, lo que vio fue un bebé.
-Sí, chico, -le dije-, éste es un espejo mágico que no devuelve la imagen física, sino la profesional. -¿Por qué crees que me miro tanto al espejo? Pues porque veo un joven abogado, penalista y criminólogo. Y ello no me evita ser pobre, pero me permite seguir teniendo una vena romántica. Así de locos somos los penalistas.
Displicentemente eché un vistazo al calendario del despacho. Recordaba que había decidido iniciar el nuevo año con renovados propósitos de reclamar todos los honorarios que mis renuentes clientes me adeudaban y contra los que aún no había presentado la preceptiva Jura de Cuentas, "por falta de malicia", como se encargaba de recordarme "la señorita Topisto" que es como llamo coloquialmente a mi efectiva secretaria, y es que estoy seguro que ella, tan resolutiva, estaría dispuesta a cometer perjurio con tal de cobrar. Algo que mi dignidad de abogado nunca le hubiera permitido hacer, así que a lo peor se queda otro mes sin cobrar, aunque tenga que oírla jurar en arameo.
Viene al despacho un viejo conocido, otrora "el rey del mambo", arruinado por esos vaivenes de la vida y se empeña en que le lleve el caso, porque dice que me tiene confianza.
Aquel taciturno y abatido cliente, como era de esperar, no estaba en condiciones de sufragar el importe de nuestros honorarios, pero sorpresivamente resultó que nos había dejado en prenda, con una mugrienta nota, su vieja moto, depositándola en el portal como garantía. Enterado de ello el veterano del despacho, al que llamamos "Decano", exclamó: "Con ese cachivache no se cubre ni la milésima parte de la deuda. Resulta más caro ponerle un candado que otra cosa, así que devolvérsela o dejarla a su suerte en la calle y presentarle una jura de cuentas a su propietario".
A mí, sin embargo, aquel detalle me enterneció, el hombre se había desprendido de lo único que tenía. Por lo que decidí aceptarle un talón que sé que no voy a cobrar por falta de fondos, y me voy de copas con él, tarareando la canción de los borrachos: "Sorpresas te da la vida…La vida te da sorpresas…", mientras, la señorita "Topisto", nos mira por la ventana meneando la cabeza con un gesto de desconcierto, mientras seguramente diría para sus adentros: ¡Vaya par de dos!
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