Miguel Anxo Bastos Boubeta
O fim do império americano?
El santoral o “martirologio romano” dice sobre el domingo de Pascua: “Este es el día en que actuó el Señor, la solemnidad de las solemnidades y nuestra Pascua: la resurrección de nuestro Salvador Jesucristo según la carne”. El hecho de que los cristianos celebren, desde el principio hasta hoy, el domingo como “el día del Señor” tiene su razón de ser en aquel “tercer día” que siguió al viernes de la crucifixión. Es el día del primer encuentro con el Resucitado, acontecimiento decisivo que provocó en los discípulos la renuncia al sábado y su sustitución por el primer día de la semana.
“Este es el día en que actuó el Señor”. La Iglesia aplica al domingo de Pascua estas palabras tomadas del Salmo 118 proporcionándonos, de este modo, una clave interpretativa fundamental: La resurrección de Jesús solo se puede comprender teológicamente; es decir, desde Dios. Es, como escribe Olegario González de Cardedal, “una acción de Dios, que recae sobre la entera persona de Jesús, sustrayéndola al poder de la muerte y haciéndolo partícipe de la vida divina, que le permite manifestarse al mundo de una ‘forma nueva’ (Mc 16,12) a como lo hizo a sus contemporáneos. La resurrección es personal y, por tanto, corporal”.
Hay dos maneras falsas de entender la resurrección: Una es material, biologicista, que la ve como la simple vuelta a la vida biológica. Otra es la interpretación idealizadora o desmitificadora, que la piensa como continuidad en el tiempo de la “causa” de Jesús o como eternidad del alma sola. Ambas comprensiones se alejan del testimonio del Nuevo Testamento. Los relatos de las manifestaciones o apariciones de Jesús resucitado a los suyos que nos ofrecen los evangelios inciden en que fue él, el Resucitado, el que fue visto, el que fue hecho visible, el que “se hizo ver”. Quienes han recibido las apariciones no han intentado demostrarlas, ni revivirlas, sino solo testimoniarlas.
La interpretación biologicista está equivocada, entre otras cosas porque tiende a situar la resurrección de Jesús en el nivel de los hechos de este mundo; como un hecho más, homologable de modo automático al resto de los acontecimientos. Minusvalora su “novedad”: la resurrección es una realidad última – perteneciente al “mundo futuro” – que, no obstante, “toca” a este mundo y es verificable en sus efectos. Es real e histórica, pero no con la historicidad mundana propia de quienes somos tiempo, mundo y mortalidad. Tampoco resulta ajustada al testimonio que transmiten los evangelios la interpretación desmitificadora, que parece defender la existencia de una resurrección sin Resucitado. Los relatos de la tumba abierta y vacía apuntan a un signo que, a la luz de las apariciones, recibe un peso propio. No hay duda de que el mensaje de la resurrección hubiera sido absolutamente inaceptable si se hubiera encontrado el cadáver. La resurrección de Jesús fue una resurrección corporal.
La resurrección es comprendida como la entrada de Jesús, de su humanidad – que es la del Verbo encarnado- en la vida nueva, eterna, propia de Dios: “ya no muere, la muerte no tiene dominio sobre él”, dirá san Pablo. El Nuevo Testamento describe esta novedad recurriendo a una pluralidad de lenguajes: resurrección, glorificación, exaltación, vivificación, otorgamiento del nombre de “Señor”, etc. Toda esta constelación de términos describe la complejidad del acontecimiento; un acontecimiento que no es “demostrable” en sí mismo - no se puede probar con los métodos de las ciencias empíricas -, sino que se hace perceptible como fruto de la revelación y de la fe.
La fe tiene su fundamento razonable en los hechos y signos que la suscitan, que nos resultan accesibles a través del testimonio apostólico, pero su gestación es don de la libertad divina y respuesta de la libertad humana. Cada cristiano está llamado a pasar de incrédulo a creyente; en suma, a confesar, como el apóstol Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”.
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