Fermín Bocos
Marruecos acelera, Melilla se asfixia
Como la geografía no es precisamente mi fuerte y es una materia que ha cambiado por completo desde que yo la estudiaba en el bachillerato, he tenido que echar mano de las enciclopedias para situar Yeda (Yidda en árabe) en el mapa. Gracias a esa necesidad, he sabido que es una ciudad de Arabia Saudí a orillas del Mar Rojo, de cuatro millones aproximadamente de habitantes –en determinadas latitudes el número de habitantes de sus ciudades se basa en cálculos aproximados- distante 65 kilómetros de la referencia santa de La Meca, y dueña de un centro histórico declarado de interés histórico por la UNESCO. Todas estas cosas he sabido del lugar donde el fútbol español celebra este año el pintoresco torneo que enfrenta al campeón de la Liga con el campeón de la Copa y que, en estas últimas ediciones y para recaudar más pasta, comparte con los segundo clasificados para poder poner en escena un cuadrangular que se prolongue una semana y procure recaudaciones más cuantiosas aunque los verdaderos seguidores de los equipos se queden al margen. Yeda dista 5.522 kilómetros de Palma de Mallorca, 6.232 kilómetros de Barcelona, 6.449 kilómetros de Bilbao y 6.715 kilómetros de Madrid, distancias todas ellas suficientes para sospechar que no todo el mundo puede plantearse viajar con el equipo para verlo actuar en esta cita. Lo hacen los más acaudalados de sus seguidores, los dirigentes de las entidades internacionales y los de cada una de las formaciones que intervienen en ella. El presidente del Barcelona además, aprovecha para montar un número de circo con cortes de manga, patadas a las sillas y una catarata de insultos proferidos en el palco y a voz en cuello rodeado de sus sorprendidos anfitriones. El Gobierno –que no el fútbol y sus entidades- le ha perdonado la cautelar, probablemente para no encabritar más a Puigdemont y su tropa no sea que les siente mal y le dejen al presidente y su corte de los milagros sin Moncloa en el año de Franco, que eso tiene miga.
Este escenario incalificable que hace agua por todos los lados, avergüenza a los ciudadanos más sensatos pero ha dejado de sorprender e indignar a las generaciones posteriores que asumen estos disparates con perfecta naturalidad. Y es que el show debe continuar.
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