Jenaro Castro
La campaña callejera
El 1 de noviembre se celebra la Solemnidad de Todos los Santos y el 2 la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Ambos días apuntan a las “postrimerías”, a las realidades finales y últimas; a los “novísimos” del ser humano: muerte, juicio, infierno y paraíso.
Seguramente todos nosotros hemos estado en alguna ocasión en un cementerio, de momento de visita. Recuerdo una tarde en la que casi me pierdo en el extenso y variado “Campo Verano”, de Roma. Está situado en el barrio del Tiburtino, al lado de la basílica de san Lorenzo Extramuros. Es otra Roma, la Roma de los muertos, con tumbas, algunas de gentes ilustres diseñadas por arquitectos no menos notables. O en el cementerio “Père Lachaise”, de París, situado en el número 16 de la “Rue du Repos”, donde yacen los restos mortales, por ejemplo, de Oscar Wilde y de Jim Morrison. A esta última sepultura, la de Morrison, acuden sus seguidores con análogo fervor con el que los peregrinos se dirigen a Compostela.
No hace falta ir tan lejos. En las parroquias y ayuntamientos de Galicia hay muchos cementerios, en los que se reúnen en ocasiones especiales los vecinos vivos que comparten vínculos con aquellos vecinos ya no vivos, cuyos nombres identifican sus sarcófagos. No soy muy entusiasta de estas visitas. Todo se pega y el virus de la muerte es más contagioso que cualquier otro. Uno siente el deseo de mantenerlo lejos. No se equivoca el Concilio Vaticano II cuando dice que el hombre “juzga certeramente por instinto de su corazón cuando aborrece y rechaza la ruina total y la desaparición definitiva de su persona. La semilla de inmortalidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte”. Pero, guste más o menos, la muerte es, a la vez, lo más cierto y lo más incierto. Nos vamos a morir, pero desconocemos, por lo general, cómo, cuándo y dónde.
La fe, sin negar lo evidente, cambia la perspectiva. Escribe Joseph Ratzinger en uno de sus mejores libros, su “Introducción al cristianismo”, que creer entraña una opción fundamental ante la realidad. Entre lo visible y lo invisible, la fe apuesta por lo segundo: “Es una opción por la que lo que no se ve […] no se considera como irreal, sino como lo auténticamente real, como lo que sostiene y posibilita toda la realidad restante”. A esta actitud solo se llega por medio de la conversión. Sin este cambio, no es posible la fe. Lo que la fe presenta, no se puede demostrar; solo quien cambia, la acoge.
La muerte es visible. Es lo último, considerado desde esta ladera. Pero es lo penúltimo, desde la perspectiva de lo invisible y auténticamente nuevo: la resurrección de Jesucristo, de aquel que “muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida”. También es penúltima la situación de aquellos – las benditas ánimas del purgatorio – que duermen el sueño de la paz, arrullados por el amor misericordioso de Dios.
Lo último no es tan último. Lo visible no es, sin más, lo auténticamente real. La celebración de los santos y de los difuntos nos invita a mirar un poco más allá. Nos invita a esperar y acoger, en las redes de nuestro amor, a aquellos que ya no están y que, tal vez, nos aguardan para volver a encontrarnos con ellos en la morada definitiva; en el cielo.
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