Fernando Ramos
Los ataques miserables al presidente de Ceuta
Ahora que todos se van a ver las caras en las Naciones Unidas, cabe decir que da la impresión de que no solo nuestras fuerzas políticas principales, comenzando por el Gobierno y continuando por el PP, para nada entienden bien a Europa, sino que la propia Unión Europea tiene un descomunal despiste sobre sí misma. Y, si no, véase el desamparo en el que durante más de un mes han dejado a España ante la crisis de Estado más grave sufrida en décadas a cuenta de lo ocurrido en Ceuta.
De acuerdo con que lo ocurrido en nuestra ciudad fronteriza en el sur se debe más que nada a la propia incompetencia y falta de previsión de un Gobierno que no se ha enterado de la misa la media, y sigue sin hacerlo. Pero también creo que hubiese sido exigible que los países de la Europa comunitaria hubiesen sido algo más conscientes del peligro que supone una inmigración masiva, mal planificada y peor ejecutada como la que se evidenció en Ceuta. Estamos claramente ante un hecho similar a la caída del Imperio Romano y nos negamos a verlo: la UE ha sido, en mi opinión, insolidaria con nuestro país en este trance; es más fácil criticar a posteriori que ayudar en el momento, y eso es lo que ha ocurrido. Me gustaría escuchar de labios de Sánchez algo de esto en su parlamento ante la Asamblea General.
Que Europa está perdiendo fuerza e influencia no solo en el conjunto del planeta, sino muy específicamente como líder occidental, es un hecho que se demuestra cada día. Y, si no, véase la solución tan satisfactoria para Trump en el conflicto sobre Groenlandia con Dinamarca. O véase cómo, importándole una higa la opinión de Europa, Trump se ha hecho con las riquezas petrolíferas de Venezuela y se hará con las turísticas de Cuba, sin que desde Bruselas (ni desde Madrid, claro) se haya oído un solo grito de alarma o de advertencia.
Ahora vemos cómo la 'gran coalición' en el Europarlamento entre 'populares', socialdemócratas y liberales corre peligro a manos del aluvión populista (ultraderechista) y nadie parece dispuesto a mover un dedo para evitarlo. Alemania corre el riego de caer en las garras del neofascismo, Francia en las del lepenismo, Gran Bretaña en el 'faraguismo', y como si nada. Las fuerzas políticas europeas, y no digamos ya las españolas, andan ensimismadas en sus pretendidas luchas ideológicas, que, en el fondo, ni siquiera son tales. Son meras luchas por el poder en el peor sentido del término.
Hemos hecho de Europa la sede del festival de la Eurovisión, de las becas Erasmus, de los resorts vacacionales, de los premios culinarios, de los festivales de cine, de las advertencias morales que nadie cumple. Ahora nos fijamos, por fin, en el deficiente funcionamiento de las Naciones Unidas. Puede que mañana, ya tarde, seamos del todo conscientes de lo renqueante del avance (¿hacia dónde?) de una Unión Europea que, pese a la constante renovación de algunos de sus líderes (no, no hablo de España, obviamente), se nos ha quedado vieja frente al empuje oriental (que no solo chino), frente a los BRIC, frente al descaro inmoral de Trump. Ojalá que alguien lo grite estos días en Nueva York, ojalá que cunda el ejemplo del paso dado con Canadá, aunque lo dudo. Ser europeísta, hoy, es andar desesperado y desesperanzado.
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