José Teo Andrés
Solo un aprobado justo en Peinador
Confieso que me alegró la noticia de que Pedro Sánchez había convocado, este lunes próximo, a Alberto Núñez Feijóo en La Moncloa para hablar de consenso en política exterior en general y del envío de tropas 'de paz' a Ucrania en particular. No podía ser de otra manera, la alegría, digo, cuando muchos llevábamos largo tiempo denunciando la irregularidad democrática que supone el escaso contacto entre el jefe del Gobierno y el líder de la oposición en busca de acuerdos necesarios para la buena marcha de la nación. La pésima relación personal entre ambos y una política de establecimiento de 'muros' por parte de Sánchez ha impedido, hasta ahora, la deseable normalidad que debe reinar en el juego Gobierno-oposición, que nada tiene que ver con las descalificaciones absurdas y excesivas que proliferan entre ambas partes.
La política exterior, y más en estos tiempos de tribulación 'trumpista' y de irracionalidad 'putinista', ha de ser materia de obligado consenso entre quienes, en las elecciones, se enfrentan en las urnas en busca de hacerse con el Gobierno. Y lo cierto es que en esta materia hay que constatar que, sobre el papel, las posiciones de PP y PSOE están más próximas que entre el PSOE y su partido coaligado, Sumar, y no digamos ya con quien fuera su socio Podemos. En concreto, las tesis que conocemos que ambos partidos, PSOE y PP, sustentan sobre el atlantismo, la defensa de Ucrania o el desarrolló de la UE vienen a sr casi idénticas, y las diferencias hay que encontrarlas en aquellos aspectos en los que se busca, mediante la exageración, una confrontación: Venezuela, Trump, quizá Israel.
Pienso que ambas partes nos deben el llegar a mínimos entendimientos; no solo, por cierto, en política internacional. Es difícilmente comprensible que el siempre espinoso tema de la vivienda, o el estado de bienestar, o la justicia, o el diseño territorial del Estado -incluyendo la financiación autonómica-, o la propia reforma, a medio plazo, de la Constitución, no sean objeto de pactos puntuales, de legislatura, entre las dos formaciones nacionales más importantes, máxime cuando ambas recelan tanto de sus potenciales 'socios', a la derecha unos, a la izquierda los otros.
Sé que pedir que la política del duelo a garrotazos, del insulto, del 'y tú más', de los oídos sordos, de la mala educación, se mude en otra de acuerdos en puntos sustanciales de lo que debería ser una política de Estado es casi una utopía y, por tanto, casi imposible; tal es el encanallamiento al que ha llegado nuestra política, inmersa en una confrontación interna tan enconada que hace casi imposible un normal contacto entre el principal partido del Gobierno y el principal de la oposición. Pero esto, es el signo de los tiempos, tiene que cambiar. Y quisiera creer, optimista yo, que el simple hecho de que desde La Moncloa se haya producido una llamada a la calle Génova para citar allí el lunes a Feijóo puede, debe, tener un desarrollo que no derive en la ya habitual decepción.
Los dos hombres en cuyas manos estaría arreglar el lamentable estado de la política con minúscula que se practica en este país, dos hombres que apenas se saludan cuando se ven, se van a encontrar, al fin, en La Moncloa. Que este encuentro se convierta en un duelo al sol en el que gana el que desenfunda más rápido sería un auténtico despropósito. Para esto no les pagamos ni les votamos: nos deben, de una vez, otra cosa.
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