Manuel Orío
Un país desventurado
No existe en una sociedad democrática caso conocido de que un gobernante persista en mantenerse en el poder luego de la explícita declaración de quienes lo llevaron allí a que se someta a una cuestión de confianza o dimita y convoque elecciones directamente. La sardónica e hipócrita risa con que Pedro Sánchez adobó el final de la sesión del Congreso en que quedó de manifiesto (pese a la insólita postura de alguno de sus socios) es una prueba más de la catadura moral del personaje, dispuesto a seguir en la Moncloa, hasta donde pueda. En realidad, nada nuevo, porque su desprecio al propio parlamento, donde tanto perora, es consecuente con el propio modo en que despojó a su partido del debate democrático interno y como dijera el exdiputado y ex alcalde de San Sebastián, Odón Elorza, lo convirtiera en una estructura de cartón.
François de la Rochefoucauld dijo que “para el hombre ambicioso, el buen éxito disculpa la ilegitimidad de los medios”. Aunque todavía es mejor la más próxima a propósito de aquello de hacer de la necesidad, virtud: “La necesidad disuelve como azucarillos los más arraigados principios morales”, que dijera Fernando Gamboa González. Aunque nada supera la de nuestro Enrique Jardiel Poncela de que “para ser moral basta proponértelo; para ser inmoral hay que poseer condiciones especiales”.
Lo que está en marcha es de mayor envergadura y el proceso, conviene insistir en ello, lo iniciara Zapatero, es el propósito no ya de desmontar los mecanismos del Estado, y el marco general de la Constitución del 78, empezando por el poder judicial que puedan interferir sus planes, así como fabricar una serie de futuros votantes que, sin residir en España, gracias a los adecuados mecanismos de propaganda recauden una serie de miles de votos que puedan alterar seriamente los resultados finales. Porque una cosa es –y ya existieron siempre mecanismos adecuados—otorgar la nacionalidad española mediante un proceso riguroso a quienes realmente la merecen y tienen derecho por sus antepasados y otra el modo en que, sobre todo argentinos, van a intervenir seriamente en el futuro de España.
Cabe recuperar ahora el viejo concepto de “idiota moral”. Esta expresión da título a un conocido libro de Norbert Bilbeny. Por extensión se aplica a la persona que a la que se le supone un buen coeficiente intelectual, pero que no distingue el bien del mal, o en todo caso, carece de un juicio permanente y coherente al respecto. Es un sujeto que toma decisiones en orden a criterios cambiantes de utilidad propia; es decir, que lo mismo dice o hace una cosa o la contraria sin transición ni justificación. Otros rasgos distintivos de este sujeto son que miente de manera habitual y que rompe el vínculo entre sus actos y su conciencia. Los propios turiferarios de Pedro Sánchez dicen de él, como cualidad, que “no se siente concernido por sus palabras, sino por sus objetivos”, o sea, que puede decir una cosa y hacer o decir la contraria.
Cabe recordar ahora que cuando alguien miente de forma repetida deja de tener una respuesta emocional ante sus propias falsedades. Pero el colmo es que ni siquiera haga caso a la súplica de quienes lo colocaron donde está, que tan rotundamente expresan Rufián (sin pasar de ahí) o la más consecuente Miriam Nogueras, de Junts. Y otra vez Sánchez demuestra que, como dijera la doctora Tali Sharot, profesora de neurociencia cognitiva del University College de Londres, está bien entrenado para resistir. Y por eso se niega, ante la situación presente, de devolver la voz a los españoles.
Como observa William Scheuerman, con personajes como este el interés nacional pasa a ser el interés personal, capaz de construirse su propio discurso sobre esta base. Y cabe recordar que, en momentos como el presente, el régimen dominante considere enemigos suyos a multitudes de españoles que están, por tanto, aunque sumen millones, fuera de la mayoría social, aunque esta mayoría la formen, como en este caso, una amalgama variada como los actuales consocios de Pedro Sánchez que también le piden elecciones.
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