Manuel Orío
Una visita histórica
España busca ibuprofeno moral para la resaca pontificia y el seguidor de Pedro y del Real Madrid va a necesitar interiorizar lo vivido con los españoles. Este país amanecerá post papal con la sensación de haber vivido un festival religioso, mediático y emocional que supera cualquier evento masivo por muy país experto que seamos en el arte de la multitud.
Hemos llenado plazas para celebrar, para protestar, para llorar, para bailar y, últimamente, para ver pasar un papamóvil con la misma devoción con la que se sigue una etapa de la Vuelta. Pero la visita de León XIV ha demostrado que no todas las multitudes son iguales, y que cada una revela un país distinto. Mientras en otros eventos la gente corea, salta o canta, aquí la multitud se dedicó a mirar, llorar y grabar, como si el Papa fuera una mezcla entre santo, influencer y abuelo universal. Es la multitud más silenciosa de España y, paradójicamente, la más intensa. En las fiestas, España se desata y con el Papa España se contiene con respiración sincronizada y ternura en orden. Donde en una protesta hay un “¡No nos representan!”, en la visita del Papa hay un “¡Padre, una foto!”. Donde en una manifestación hay tensión, aquí hay pañuelos agitados como si fueran palomas de paz. Cada multitud cuenta una España distinta. La festiva muestra nuestra alegría y la política nuestra rabia. La multitud deportiva, nuestra fe laica y la multitud papal, nuestra necesidad de consuelo. Y todas juntas componen el retrato más fiel del país diciendo que somos más nosotros que nunca.
¿Y ahora qué? porque la visita de León XIV ha sido un éxito; pero también una maratón emocional. Y como toda maratón termina con agujetas. El Papa ha demostrado que sonreír es más útil que hablar. Mientras en el Congreso defendía la vida “de la concepción al ocaso natural” y pedía diálogo sin humillación, lo que realmente ha conquistado al país ha sido su sonrisa de funcionario santo, amable, fotogénica y calibrada. Una sonrisa que vale más que un BOE. Es una sonrisa etrusca de manual, esa media curva sabia, antigua, casi arqueológica, que en España se interpreta como provocación porque aquí confundimos serenidad con sospecha. Él avanza con esa calma de estatua que ya lo ha entendido todo, mientras alrededor se agitan los que no han entendido nada. Y eso descoloca porque aquí cada gesto se mide en decibelios y llega él con su silencio de museo y deja a más de uno buscando el botón de subir volumen. Y ahora va llegando la resaca con titulares de casos judiciales que reaparecen y partidos que recuperan la voz. León XIV ha hablado de paz, de respeto, de humanidad, de buscar la verdad, de no polarizarse. Ha bendecido bebés, ha roto protocolos, ha cruzado calles para saludar a desconocidos. ¿Qué hacemos con todo esto? porque esa sonrisa que vale más que un discurso nos ha dejado un espejo delante. Y España, que es muy de mirarse, deberá decidir si quiere quedarse con la foto o con el mensaje. El Papa tendrá su propia resaca y verá ese prodigio tan católico como político de un solo hombre seguido por millones, un líder cuya autoridad se sostiene en la paradoja más perfecta de todas, la de quien recibe una paga precisamente por no tener sueldo, como si la renuncia fuese la nómina más alta del mundo. Y mientras se ajusta la sotana quizá piense que no hay espejo más cruel que el de la fama al devolver una imagen que no pertenece del todo a quien la mira.
Contenido patrocinado
También te puede interesar