Manuel Orío
Un reparto equilibrado
Siempre he dudado cuando alguien me pregunta si tenemos un país a la medida de dos partidos o si, como ahora, hay en liza muchos más. Repasando la historia del país, da la impresión de que desde los tiempos inmediatamente posteriores a la Revolución Francesa que suele tomarse como punto de partida de un tiempo nuevo, hemos convivido más con el bipartidismo que con un reparto parlamentario que hace sitio a muchas tendencias. Desde el fallecimiento de Fernando VII, que ofreció la inapreciable posibilidad de otorgar presencia y trascendencia a lo resuelto en las cámaras, derecha e izquierda, conservadores o progresistas, avanzados o moderados como se quisiera llamarlos, han conducido con razonables resultados la política nacional, una tendencia solo interrumpida por la dictadura de Franco.
El Parlamento de hoy es multiplural y acoge a un buen puñado de formaciones a las que no llegan para contarlos los dedos de las dos manos. La percepción en un momento delicado de la política nacional e internacional es que vivimos en un ámbito que tiene menos de pluralismo sensato que de caos, Y lo más característico de esta radiografía es que los partidos a la izquierda y la derecha de la izquierda y la derecha están metidos en un buen saco de problemas. Los que afectan a la izquierda apuntan a un escenario cada vez más irreconciliable a cuyo peculiar desbarajuste contribuyen naturalmente los cada vez peores resultados. Los de Castilla León han sido desastrosos y unas urnas que ya no te desean se convierten en la peor pesadilla y en la más dolorosa amenaza si además flaquean las razones que incitaron a la creación de partido de nuevo cuño, muy frágiles en realidad, cogidos con alfileres, ideológicamente en precario e igualmente en precario desde el punto de vista estructural. En la banda derecha las cosas no son mejores, pero se trata de un nicho en el que no se discute y el jefe, si es necesario, se los carga a todos.
Servidor, que es muy de chaparse la historia, se queda con la división tradicional que podemos conocer como liberales y moderados. Nos ha ido bien casi siempre, sus líderes se han entendido y han sido generosos, los ciudadanos han aceptado bien sus trifulcas nunca dramáticas, y la sangre no ha llegado al río. No está tan mal.
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