Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
La Autoridad Portuaria era hace 30 años un organismo poco conocido y menos apreciado. Hablamos de la primera parte de los años noventa y entonces el Puerto era sospechoso habitual de privar a los vigueses del mar, de rellenar la Ría y de colocar una frontera: un famoso periódico tituló que iba a asfaltar miles de metros de mar, ese era el nivel. Creo que la visión ha cambiado y ahora esta ciudad entiende lo que significa el Puerto, que construyó Vigo. Sin el Puerto, Vigo no sería más que un pueblo como otros de las Rías Baixas, una villa de quizá 20.000 vecinos. Y poco más. El Puerto es el instrumento que ha permitido que las empresas crezcan, que la pesca industrial progrese y que Vigo se haya convertido en la puerta de entrada y salida de más de 5 millones de toneladas anuales de mercancía de calidad. Y por supuesto, de que Citroen primero, PSA después y Stellantis ahora, se instalará y continúe en Vigo, primero en unas naves dentro de la jurisdicción portuaria y más tarde en Balaídos, gracias a Zona Franca, otra institución clave. El Puerto construyó, con una enorme oposición, la plataforma de Bouzas, que permite el embarque de cientos de miles e vehículos y la importación de algunos miles: sin ella, Stellantis ya no estaría aquí, así de claro.
Treinta años después, la Autoridad Portuaria ha evolucionado y entre otras cosas, se fija más en dar servicios ciudadanos, de ahí el paseo de Beiramar, con la plaza marítima, y la que construye entre Teis y Chapela, o la explanada del Berbés, que tendrá una senda peatonal. Esta semana hubo relevo en la cúpula, con la llegada de un nuevo director, lo que hace unos años ni se habría publicado. Ahora sí, porque interesa. Como la frase del presidente, Carlos Botana, sobre avanzar en “la revolución iniciada hace dos años”. Sorprendente, pero justo: el Puerto de Vigo ha cambiado y mucho, para mejor.
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