Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
El gobierno del presidente Sánchez es lo más parecido que conozco a una montaña rusa, una atracción de feria de las que proporcionan emociones fuertes a los usuarios, subiendo, bajando, dando vueltas, cabeza arriba, cabeza abajo, en la cima o en la sima, una cosa muy parecida a lo que McCartney puso letra y música bajo el título de “Helter Skelter”, una de sus canciones más desenfrenadas. Cuando los Beatles la grabaron, acabaron todos de la cabeza con Ringo gritando “tengo ampollas en los dedos”, desesperada queja del batería que se conservó en la grabación.
Al gobierno de Sánchez le ocurre lo mismo y no hay día en el que no se encuentre con un lío monumental sobre la mesa que los esforzados componentes del equipo de fontanería y pensamiento que habita en la Moncloa tienen la obligación de neutralizar con cualquier cosa que se les ocurra. El último capítulo de este trajín eterno que propone una sorpresa al día, lo constituyen las pulseras de alarma contra el maltrato que han salido defectuosas y que la ministra ha asegurado –no por propia iniciativa sino porque los malditos periodistas lo han sacado a colación- que el asunto está resuelto olvidando añadir que hay un puñado de maltratadores que no han pagado por sus delitos como consecuencia del aparato defectuoso. Los estrategas de Presidencia las cogen al vuelo y las retuercen para minimizar impactos y ahora han decidido sugerir que el gobierno al que sirven prohíba fumar al aire libre en las terrazas de los bares, lugares abiertos y ventilados en cuyo ámbito el humo no está claro que llegue a nadie, pero eso no es lo que importa. Lo que importa es el relato y para retorcer el relato se dan una maña que no veas y un amplio sector de la población se lo cree como si fuera palabra divina.
Estamos asistiendo a un tiempo en el que lo que importa no es el buen gobierno, la administración equilibrada y justa, la honestidad en el ejercicio del poder. Lo que importa es el relato. Por ejemplo, el fiscal Ortiz ha resuelto emplear su fiscalía para juzgar israelitas como genocidas. Es el relato. Y con el relato, a lo mejor los jueces y la gente corriente se olvidan de que está a una toba de sentarse en el banquillo. El relato es el relato.
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